¿Conflictos o problemas?

Alimentar resentimientos, culpar al otro y fomentar un “nosotros contra ellos” son estrategias que han resultado rentables –especialmente en lo electoral– tanto para derechas como para izquierdas. La polarización puede acumular votos… y separatismos.

Vivimos tiempos en los que la confrontación domina el panorama político global. Latinoamérica, por ejemplo, se debate entre gobiernos de izquierda y derecha, mientras que al otro lado del mundo trágicos conflictos armados se libran por territorios, religiones y razas.

Esta semana, en la Asamblea General de la ONU, se presenciaron discursos que parecen apartarse del diálogo constructivo que uno esperaría en foros de tal magnitud. El maniqueísmo, esa visión simplista de “buenos contra malos”, está más vigente que nunca en diferentes latitudes, convirtiendo al conflicto en protagonista.

La concepción del poder se pervierte. Lo que convendría estimar como un medio que facilite alcanzar beneficios para la colectividad, muchas veces se advierte más como un fin en sí mismo con réditos egoístas. Max Weber, uno de los grandes sociólogos, ofreció una observación desoladora: el poder es la capacidad de imponer la voluntad propia sobre otro. Este concepto sigue resonando en la política contemporánea, donde el objetivo más socorrido es preservar el poder, a cualquier costo.

En el extremo encontramos a los dictadores, quienes se aferran al poder como una tabla de salvación. Saben que el abandono de su posición podría significar un juicio o una condena, y por ello su ciclo de perpetuación parece irrompible. Sin embargo, la lógica del conflicto no sólo se limita a las dictaduras. En las democracias también, muchos líderes se ven beneficiados por la división y el enfrentamiento. Alimentar resentimientos, culpar al otro y fomentar un “nosotros contra ellos” son estrategias que han resultado rentables –especialmente en lo electoral– tanto para derechas como para izquierdas. La polarización puede acumular votos… y separatismos.

Ahora bien, ¿es posible romper con este ciclo vicioso? Una interesante reflexión la ofrece el filósofo José Antonio Marina en su obra Historia Universal de las Soluciones. Marina distingue entre conflicto y problema. En un conflicto, el objetivo es vencer al oponente, superar, doblegar. En cambio, un problema se enfoca en encontrar soluciones, considerando un espectro más amplio donde las posturas opuestas pueden tener puntos en común.

Imaginemos un liderazgo que pudiera transformar conflictos en problemas. En lugar de centrarse en ganar, se enfocaría en solucionar. Esto requeriría cualidades que hoy parecen escasear: sensibilidad, apertura mental, sentido del servicio y una prudencia genuina. Sería un cambio radical en nuestra concepción del poder, que dejaría de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta destinada a alcanzar metas más elevadas, y menos dependiente de egos.

Un ejemplo actual de esta dicotomía entre conflicto y problema lo vemos en el debate sobre la migración en Estados Unidos. Para muchos republicanos se trata de un conflicto de suma cero: “si ganan los migrantes, pierden los estadunidenses”. Bajo esta lógica, el objetivo no es resolver las dificultades de la migración, sino derrotar al oponente. El debate se convierte en una batalla por la victoria, donde poco importan las personas afectadas. Ahora, si este tema se tratara como un problema, se considerarían las necesidades de las comunidades locales y los desafíos de los migrantes indocumentados. En lugar de encender pasiones, las energías se dirigirían hacia una solución que atienda a las preocupaciones de ambos lados, buscando maximizar los beneficios para todos.

Jonathan Haidt, reconocido psicólogo social, sostiene que la política actual es un juego maniqueo en el que los razonamientos no buscan la verdad, sino justificar la postura propia. En otras palabras, estamos inmersos en una lógica de poder donde la victoria personal es más importante que la resolución de los problemas. Y esta lógica no se limita a la política; se extiende al mundo empresarial, educativo y social.

Lo que necesitamos, como señala Marina, son líderes que se aparten de esta lógica de conflicto para centrarse en la identificación y solución de problemas reales. Solucionadores, no boxeadores. Este cambio de enfoque no sólo podría conducir a una sociedad más pacífica, sino también a un mundo más próspero, inclusivo y justo.

Temas: