Artesanía y educación: síntesis anhelada
El reto que enfrenta la educación es el de ser uno mismo sin fundirse con otros, sin alienarse a ideologías ni instituciones, sino más bien siendo uno mismo, capaz de estar conectado y relacionado con otros seres humanos, ideologías, organizaciones. Para alcanzar este objetivo, más allá de las naturales metas a la que todo sistema aspira, es esencial que la vocación docente sea capaz de conjugar metas globales con personalidades individuales.
En su obra más reciente, Nassim Taleb nos brinda una interesante reflexión sobre el oficio de los artesanos. Estos profesionales emprenden sus labores impulsados más por razones existenciales que por motivos financieros, manteniéndose al margen de la industrialización.
El trabajo del artesano es un reflejo del alma que ponen en cada creación. La idea de vender algo defectuoso es inconcebible para ellos debido al orgullo que sienten por su labor. Un artesano comprende que hay líneas intransitables, aunque ello suponga un aumento en las ganancias económicas. A medida que avanzaba en la lectura de Taleb, encontraba un paralelismo sorprendente con lo que debería ser la educación y la misión de todo académico.
Indudablemente, uno de los desafíos más significativos, especialmente en países en desarrollo, radica en lograr una mayor cobertura educativa. Es un hecho ampliamente reconocido que, a medida que se incrementa el acceso a la educación secundaria y, preferiblemente, a la universidad, el futuro de la población y del país en su conjunto se torna más prometedor. Al mismo tiempo, y en consonancia con esta expansión, el trabajo diario de cada educador, investigador o docente cobra mayor relevancia cuando se convierte en una forma de artesanía.
En una época caracterizada por lo que Schmit denominó “pasiones tristes”, marcada por la pérdida de deseo y la crisis en las relaciones humanas, los sistemas educativos basados en ideologías o en la simple repetición de lo políticamente correcto y lo que está de moda en el momento, perpetúan círculos viciosos. Los sistemas uniformes tienen la capacidad de sofocar personalidades individuales y crear una densa nebulosa en el proceso.
El reto que enfrenta la educación, parafraseando a Chiclana, es el de ser uno mismo sin fundirse con otros, sin alienarse a ideologías ni instituciones, sino más bien siendo uno mismo, capaz de estar conectado y relacionado con otros seres humanos, ideologías, organizaciones.
Para alcanzar este objetivo, más allá de las naturales metas a la que todo sistema aspira, es esencial que la vocación docente sea capaz de conjugar metas globales con personalidades individuales, avances grupales con crecimientos personales. El académico actual debe ser experto en la amalgama de lo global y lo local, de lo grupal y lo personal.
Es precisamente en este enfoque donde podemos evitar la industrialización de la educación y recuperar su naturaleza artesanal. La razón subyacente es simple: no somos gerentes de una línea de producción, sino que trabajamos con seres humanos. Estos individuos piensan y sienten de manera diferente, no son autómatas, sino seres libres con aspiraciones que trascienden lo meramente material. Como las artesanías, todos los humanos somos parecidos, pero ninguno es igual.
Otro peligro contemporáneo es la industrialización del narcisismo, la peligrosa combinación de medios digitales y la autorreferencialidad. Chiclana mismo señala la importancia de alejarse de uno mismo para luego regresar a uno mismo. La tarea educativa, continúa el autor, debe contribuir a formar personalidades líderes, pero no egocéntricas; auténticas, pero no narcisistas; personas conscientes de su unicidad, pero no creyéndose especiales.
Los artesanos siguen siendo valorados, a pesar de los avances tecnológicos, científicos, las eficiencias organizativas y las optimizaciones logísticas. Los educadores tienen una labor más compleja, pero, a la vez más sublime: la síntesis. Debemos aprovechar la tecnología, aprovechar la ciencia, expandir la cobertura educativa, pero nunca traicionar nuestros ideales más profundos. Debemos tratar a cada individuo con respeto, potenciar sus capacidades y recordar su nombre y apellido. En resumen, ser conscientes de que la educación no sólo es ciencia, sino también arte; no sólo instrucción, sino, ante todo, artesanía.
