Dejar hablar a los hijos

Es de humanos equivocarse, pero también se aprende.

Salo Grabinsky

Salo Grabinsky

Del verbo emprender

La primera ley en una familia unida tiene que ver con la comunicación. Si los miembros de esa familia tienen abierto un canal para airear problemas, dialogar ampliamente sobre todos los temas y la confianza para decirse lo que sea necesario sin faltarse al respeto y con el cariño necesario, entonces la relación es sana. Pero cuando por “n” número de razones o, se rompe o no fluye tan directamente como debiese ese diálogo, se gestan problemas.

En las empresas familiares hay múltiples casos de un “coágulo” en la comunicación entre padres e hijos, mismo que infarta todo lo que le rodea, desde la relación familiar hasta la misma operación y supervivencia del negocio.

Las causas son muy variadas, desde el autoritarismo patriarcal, la rebeldía de los hijos, relaciones odio-amor que, como no soy psicólogo no puedo clasificar, pero como asesor de empresas familiares veo los estragos que pueden causar.

Yo he constatado que en la inmensa mayoría de los casos, los padres e hijos que laboran en la misma empresa familiar tienen un verdadero deseo de apoyarse mutuamente, de vivir en armonía, tanto dentro como fuera de la empresa, y de crear las condiciones económicas para que haya para todos. En teoría esto suena muy bien, pero desgraciadamente en la vida real inciden otros factores que echan a pique estos buenos deseos.

Veamos lo que sucede en muchos padres-madres fundadores:

La actitud que se revela en estas personas emprendedoras conforme van creciendo sus hijos y entran en el negocio es múltiple:

Hay un orgullo por haber “sacado adelante”, tanto a la empresa como a los vástagos, un miedo a la vejez y el terror a perder el poder o no tomar la decisión adecuada en cuanto a sucesores.

Obviamente es un gran logro el empezar y hacer crecer cualquier empresa y éste debe ser apreciado por todos. Pero la vida no perdona y unos años o décadas después este evento se diluye o incluso se minimiza en las siguientes generaciones, que se consideran los sucesores designados sólo por su parentesco con él o la fundadora. Eso causa problemas, ya que el dueño se siente golpeado y puede reaccionar mal. Lo lógico es un balance y sana comunicación para llegar a un proyecto conjunto que mantenga la unión y la continuidad de la empresa. Los diversos ciclos de vida hacen diferente esa relación, pero con cariño y buena fe se suavizan las fricciones.

¿Quiere mantener una relación sana con su hijo(s) en el negocio? Siga estas reglas:

1.- Trate a su hijo como un adulto, ya que lo es.

2.- Comuníquese con él frecuentemente, con la cortesía y respeto que le merecería cualquier empleado no familiar.

3.- No se meta en su vida personal, especialmente si no le ha pedido su consejo.

4.- Sea muy claro y específico en las instrucciones que le da. No asuma que por ser su hijo él lo entiende por telepatía. Hágase entender.

5.- Páguele conforme a lo que realmente vale su trabajo. Ni más ni menos. Use los parámetros del mercado para fijar su sueldo y prestaciones.

6.- Ayúdelo cuando sea necesario, comuníquese frecuentemente con él, no lo deje solo.

7.- Cuide mucho “no estar compitiendo” con su hijo, porque este sentimiento es muy destructivo.

8.- Evalúe objetiva y esporádicamente su desempeño. Hágalo responsable por los resultados, para que madure. Es de humanos equivocarse, pero también se aprende.

Y no se le olvide: mantenga siempre a la familia unida y a su empresa sana.

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