Autodestrucción humana

Salo Grabinsky

Salo Grabinsky

Del verbo emprender

Este artículo se vuelve a salir de la temática general que me interesa, pero veo cambios mayores en la naturaleza humana, debido a múltiples causas que no voy a analizar por falta de conocimientos, pero sí señalar un aumento radical en tiempos más o menos pacíficos (no hay guerra mundial, al menos) de diversas formas individuales o de grupo para fomentar o acelerar su autodestrucción. Es un fenómeno terrible para las familias, sociedades y desgraciadamente, no hay gobierno de ninguna ideología que lo pueda disminuir. Algunos incluso lo han fomentado indirectamente o a propósito.

Si un terrorista de todo tipo provoca un atentado, es casi seguro un acto de autodestrucción. Mata a inocentes y las autoridades lo acribillan. Pocos se salvan, pero lo peor es que ellos saben que van a morir y, por fanatismo, enfermedad mental profunda o gran odio interno, atacan para crear el caos y confusión. Ejemplos nos sobran: el ataque a las Torres Gemelas, el suicidio masivo de una secta en Guyana, los atentados suicidas en Oriente Medio, los sicarios drogados e insensibles al dolor ajeno, y un largo etcétera. En las últimas décadas de paz relativa esta autodestrucción, por diversas causas está creciendo en un escándalo que, esto es lo peor, se olvida a los pocos días. Lo hacemos por indiferencia, por estar ahítos de malas noticias o simplemente porque nos queremos proteger nosotros y nuestras familias de los males externos.

Las autoridades conceden, por lo menos, que hay un gran problema social. Las enfermedades mentales están creciendo y no hay recursos ni demasiado interés en entrar a reducir este proceso. Un individuo tira balazos o arremete sin control con su vehículo para aplastar a una multitud y es noticia… por tres días. Lo matan y a otra cosa. Los niños y jóvenes suicidas, cuyo único objetivo es matar a los infieles y llegar así a su paraíso son capacitados por seres ruines que, ellos, jamás se verían como suicidas. Los delincuentes drogados que hacen actos degradantes para la raza humana y cuyas vidas no valen nada son otro ejemplo que no hay gobierno que pueda controlarlos.

La autodestrucción a la que me refiero no sólo la vemos frecuentemente, sino  el suicidio también aumenta, en jóvenes, adultos y ancianos indistintamente. Sus causas varían: la depresión, problemas amorosos, situación económica irreversible, deshonra familiar o de su posición social y también en enfermos terminales que no desean una larga agonía para ellos y sus allegados. Es importante, dicen los profesionales en salud mental, estar atentos a ciertos síntomas, actitudes o estados anímicos para detectar y prevenir (si es posible) a una persona que desea quitarse la vida. Las diferentes religiones lo prohíben, pero cada vez su labor activa es percibida menos y caen en el vacío. Otras religiones lo siguen promoviendo creando mártires indoctrinados. Total, una autodestrucción creciente en seres humanos que provocan dolor y pueden ser prevenidos en su mayoría. No lo son, desgraciadamente. 

Finalmente viene una forma de autodestrucción que, a pesar de estar prohibida en muchos países, se va imponiendo legalmente en el mundo occidental, que es la eutanasia. Hay casos muy sonados de enfermos(as) que luchan porque los dejen terminar su sufrimiento y, además, muchos doctores no lo practican. Pero aceptan acelerar el final al ordenar en hospitales el que se le quiten al enfermo (a) todo menos lo indispensable para vivir y morir tranquilamente.

Mi preocupación mayor es ver cada día más actos de autodestrucción de todo tipo y no saber cómo parar esta amenaza para la civilización.

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