Cada año, la inteligencia artificial amplía sus capacidades y profundiza sus efectos. A finales de 2022, para muchos, la inteligencia artificial generativa era indistinguible de fenómenos como la realidad aumentada y los criptoactivos. Sin embargo, ya era evidente que estábamos ante un cambio profundo que demanda un nuevo marco de referencia. En 2026, la inteligencia artificial generativa es ineludible en todos los ámbitos: el económico, el político, el social, el empresarial; no obstante, para muchas personas sigue siendo algo lejano y abstracto, por lo que las brechas digitales y sociales se están ampliando a gran velocidad, aunque todavía no sea del todo perceptible.
TSUNAMI O SURF
Mientras la inteligencia artificial acelera el paso, el fenómeno se manifiesta con dualidad. Por un lado, es una ola que se puede surfear y que puede llevarnos a nuevas alturas de prosperidad; por el otro, es una gran amenaza que encuentra a México con grandes brechas sociales, perdido en sus laberintos ideológicos, como si el fenómeno ocurriera en otro planeta. Un buen ejemplo de ello es la nula reacción ante Mythos, el modelo de inteligencia artificial de Anthropic, que prendió las alarmas por su capacidad para encontrar vulnerabilidades cibernéticas que los humanos no habían detectado durante décadas. Ese mismo 7 de abril en que Anthropic advirtió de los riesgos, el Departamento del Tesoro y la Reserva Federal de Estados Unidos convocaron a una reunión a los principales líderes de los grupos financieros del país; Canadá hizo lo propio días después y los reguladores británicos sostuvieron pláticas urgentes. En México parece que vivimos en Marte o, más bien, en la Tierra... pero en 1985, cuando no había internet. Ni la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) ni el Banco de México han emitido pronunciamiento alguno ni una mínima señal. El tema tampoco ha aparecido en la conferencia mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum, que refleja los principales temas de la agenda; es decir, ni los medios ni el gobierno lo han registrado en el contexto mexicano.
EDUCACIÓN
En la agenda pública, la inteligencia artificial ha aparecido brevemente cuando algún legislador creativo lanza iniciativas torpes para tratar de mostrar sofisticación, pero, desde su planteamiento, es evidente que no entienden el tamaño del reto. Incluso el acceso a la inteligencia artificial ya se tardó en aparecer como promesa de campaña, aunque no tardan los políticos en prometer que los niños aprenderán a usarla en las escuelas, como antes prometieron inglés universal. Simplemente no estamos preparados. Mientras se puede pensar cómo utilizarla como herramienta didáctica, la realidad nos dice que las brechas son todavía más básicas. Hace unos días entrevisté a Rodrigo Feria, director de la Fundación Coca-Cola México, y me compartió una cifra apabullante y cotidiana: 17 mil escuelas primarias y secundarias públicas en México no tienen agua. Afortunadamente, a través de la fundación, ya son mil menos, pero la sola cifra nos habla del tamaño del problema. No es que a las escuelas mexicanas les falten computadoras o internet: les falta agua, lo que eleva la prevalencia de enfermedades y, en el caso de las niñas, aumenta la deserción escolar cuando les llega la menstruación. Esa es la realidad.
SOLUCIONES
¿Cómo puede influir el Estado en la inteligencia artificial? La idea de crear un modelo fundacional propio es poco realista. Una y otra vez se ha demostrado que la capacidad de ejecución de obras es muy limitada; un ejemplo muy visible es la remodelación del AICM para el Mundial. Además, los recursos y la capacidad técnica que demanda un modelo fundacional son un desafío incluso para países mucho más experimentados.
Un mejor esquema es utilizar el poder de compra del gobierno federal, como recientemente se articuló con Raquel Buenrostro, designada “guardiana” del acuerdo para la compra prioritaria de acero nacional. Comprar algunos modelos para el Estado mexicano, con un buen diseño de aplicación transversal entre las secretarías, permitiría exigir características alineadas con los objetivos nacionales a una escala grande y a un costo asequible. Para ello habría que contar con una definición técnica que identifique dónde la inteligencia artificial genera valor conforme a los criterios del Estado mexicano, y mantener cierto grado de independencia tecnológica. En México no podemos seguir operando como si esta revolución tecnológica estuviera ocurriendo en otro planeta y no nos transformara para bien o para mal.
