Nunca te metas con los hijos de nadie
Los derechos de las niñas, niños y adolescentes integran a la niñez menor de 12 años y a quienes tienen entre 12 y 18 años. Todos los derechos están en la Constitución, pero específicamente en la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, que ...
Los derechos de las niñas, niños y adolescentes integran a la niñez menor de 12 años y a quienes tienen entre 12 y 18 años. Todos los derechos están en la Constitución, pero específicamente en la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, que establece los siguientes: derecho a una vida libre de violencia y a la integridad personal, a no sufrir discriminación, a vivir en condiciones de bienestar, a la inclusión de aquellos con discapacidad, a la educación, a la intimidad, al descanso y esparcimiento, entre otros. Con independencia de ello, existen diversas sentencias emitidas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en las que, de forma condenatoria, se ha señalado a nuestro país con resoluciones donde se salvaguardan los derechos de las víctimas, ya sea de manera institucional o con la emisión de sentencias de carácter judicial.
Más allá de una interpretación legal o jurídica, la violación de los derechos de las niñas, niños y adolescentes comprende un vasto terreno que va desde la relación que tiene un menor de edad con la ley y todo su entorno, la sociedad, su escuela, su familia y con él mismo.
En esa relación con la sociedad es deseable que exista una enorme empatía y conocimiento claro de sus necesidades y anhelos. Uno de los retos personales que tiene cada individuo es superar una de las etapas más complejas: la adolescencia.
Hay códigos no escritos donde se sanciona la honorabilidad, el respeto y la prudencia de las personas; en todos los ámbitos de la vida social, involucrarse con un menor de edad, hijo de quien sea, siempre establecerá una barrera donde las pasiones personales, políticas o económicas no se deben rebasar porque suelen cosechar rencores vitalicios, bien ganados, es un sendero espinoso de resultados irreconciliables. Además de vulgar y cobarde, es el grado más alto de ofensa que puede existir para cualquier persona.
En estos días, donde la política se utiliza a través de las redes sociales, donde se organizan miniguerras de odio, se evidencia la incapacidad crítica y se promueve el amargo odio, simplemente por pensar diferente, por no tener el poder han caído a lo más bajo que un ser humano puede concebir. Los que han proferido insultos para Jesús Ernesto, hijo del presidente Andrés Manuel López Obrador y de su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, les caracteriza su prepotencia y su profunda cobardía, ninguno sostendría de frente alguna ofensa, calumnia o mentira, son tan enanos que se escudan tras un teclado, un micrófono o un teléfono inteligente.
Los códigos referidos se deben enaltecer y perpetuar, reeducar a los que no tienen ninguna formación estructural, este nivel de descomposición nunca debe normalizarse en ningún tipo de comunidad.
Nuestra capacidad de aprender es el motor para mejorar como sociedad, ciertas acciones que se realizan en el anonimato muestran el nivel de maldad y barbarie, esas pasiones violentas pervierten la cotidianidad. Es una excitación semejante al sicariato, donde, por cualquier dádiva, se quita la vida a otra persona; se tiene que recuperar la razón, esa responsabilidad de saber que la emisión de una idea deja un legado, debemos luchar contra los personajes inhumanos, inquisidores, hombres sin piedad, son los adoradores del holocausto, típico del fascismo y sus seguidores.
En las juventudes hitlerianas existía la idea de formar jóvenes orgullosos de su país, de su raza y leales al Führer; una de las doctrinas era fomentar el racismo y la agresividad; el método era promover la unión por el odio a un enemigo, es decir, a los judíos, a los homosexuales, entre otros. Las enormes matanzas étnicas cultivan odio. La Yihad es otra forma de fanatismo, donde la satanización de los adversarios justifica cualquier acción. Recordemos las matanzas de Yugoslavia y Ruanda, en todos los casos los predicadores vociferan odio para aglutinar la identidad nacional.
Mucho hay que construir para evitar condiciones que pongan en riesgo a las jóvenes generaciones de nuestro país, ya han pasado por muchos retos, entre ellos, una pandemia que limitó su libertad y desarrollo. Necesitamos continuar con la sana transformación de la naturaleza humana.
“No amamos al hombre por lo que es, sino por lo que puede ser”, Jean-Paul Sartre.
