Ética periodística y uso de la inteligencia artificial

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

El periodismo atraviesa una de las etapas más complejas de su historia contemporánea. No se trata únicamente de una transformación tecnológica, sino de una crisis de sentido y de responsabilidad, en la que el rigor profesional ha sido progresivamente desplazado por dinámicas que privilegian la velocidad, la tendencia y la rentabilidad inmediata sobre la veracidad y el interés público.

En el ecosistema informativo actual, la jerarquización de las noticias ya no responde, en muchos casos, a criterios editoriales clásicos como relevancia social, comprobación de fuentes o impacto estructural, sino a métricas impersonales que premian el volumen de interacción. La lógica del algoritmo, las modas informativas y la monetización han impuesto una agenda donde el dato confirmado compite en desventaja frente al titular provocador, y la investigación profunda frente al contenido diseñado para generar reacción emocional.

Este fenómeno no es exclusivo de las plataformas digitales. Aún subsisten columnistas que, desde los medios de comunicación tradicionales, continúan teniendo impacto mediático significativo y que, lejos de entender su espacio como un ejercicio de responsabilidad pública, lo utilizan como si se tratara de un negocio personal. Se lucra con el prestigio del medio, se capitaliza la firma y se vende la pluma al mejor postor, confundiendo opinión con encargo, análisis con consigna y crítica con interés particular. Esa práctica erosiona la credibilidad no sólo del autor, sino de la institución que lo aloja.

La misma lógica se reproduce —con mayor crudeza— en medios electrónicos de baja categoría editorial y alta visualización, cuyo éxito se explica por el amarillismo que los distingue. Ahí, la información no se valida: se explota. El objetivo no es informar, sino impactar; no es esclarecer, sino exacerbar. Se construye una narrativa donde el escándalo sustituye al contexto y el sensacionalismo ocupa el lugar de la verdad, porque existe una parte de la audiencia que consume morbo antes que veracidad. El problema de fondo no es económico. Es comprensible que los medios busquen sobrevivir en un entorno adverso. El verdadero dilema aparece cuando la supervivencia financiera se impone como valor absoluto, desplazando la ética, la legitimidad y el prestigio. Cuando el ingreso depende exclusivamente del tráfico y el tráfico del impacto emocional, la tentación de sacrificar principios se vuelve cotidiana. Así, la ética deja de ser el eje rector del oficio para convertirse en un accesorio discursivo.

En este contexto, la investigación artesanal —lenta, incómoda y costosa— ha sido relegada. Verificar, contrastar, contextualizar y asumir riesgos profesionales resulta poco atractivo frente a la producción acelerada de contenidos. Sin embargo, es precisamente esa investigación la que distingue el periodismo de la propaganda, del entretenimiento disfrazado de noticia o de la opinión mercenaria.

Un medio puede sostenerse un tiempo sin ética, pero no puede conservar prestigio sin credibilidad ni credibilidad sin rigor. Cuando la legitimidad se pierde, cualquier impacto mediático se vuelve efímero, y la audiencia termina por desconfiar, incluso, de aquello que es verdadero. El daño, entonces, no es sólo para la profesión, sino para la sociedad que deja de contar con referentes confiables.

El futuro del periodismo no pasa por negar la modernidad ni por idealizar el pasado, sino por recuperar el principio elemental del oficio: informar con responsabilidad. La tecnología, las métricas y las nuevas herramientas deben estar subordinadas al criterio editorial, nunca al revés. De lo contrario, el periodismo corre el riesgo de sobrevivir económicamente a costa de desaparecer moralmente.

En una época donde la atención se compra y la opinión se vende, sostener la ética no es un acto romántico, sino una decisión estratégica. Porque, al final, la verdadera supervivencia del periodismo no se juega todos los días en la viralidad, sino en la confianza que logra —o pierde— frente a la sociedad.