Es un hecho por completo documentado, demostrado por la ciencia médica, y no cabe lugar a dudas el enorme daño que ha provocado y sigue haciendo la industria de las bebidas endulzadas a la salud del pueblo de México. El sobrepeso y obesidad, desde la infancia, son la primera y obvia consecuencia del consumo de dichos líquidos, con las secuelas sobre la aparición de enfermedades metabólicas como la diabetes y toda la patología que le acompaña.
Desde hace muchos años, en México las empresas que fabrican esas bebidas tóxicas cambiaron su forma de endulzar, dejaron de utilizar azúcar de caña, que consumían en el mercado nacional para cambiar por un endulzante más barato, el jarabe de alta fructuosa, que es sintético, fabricado en países como China; pero el lado delicado de la ecuación es que ha resultado aparentemente más tóxica, y con mayor poder adictivo que el azúcar.
El gobierno que encabeza la presidenta Sheinbaum hoy se encuentra en una posición difícil; estamos a unos meses del inicio del campeonato mundial de futbol, esperando desde luego una derrama económica derivada del mismo, lidiando con garantizar la seguridad del evento y simultáneamente obligado el gobierno a tratar con los patrocinadores del evento, entre los que se cuentan los fabricantes de las bebidas endulzadas.
Frente a este panorama, la Presidenta propuso una respuesta francamente inteligente: aprovechó la situación en la que se vio obligada para sentarse a negociar con el director mundial de Coca-Cola, para proponerle al directivo cambiar la formulación en México y que regresen al uso del azúcar de caña, con las consiguientes ventajas para la industria azucarera nacional y con la esperanza de que se puedan revertir en alguna medida los efectos tan extremadamente tóxicos del jarabe de alta fructuosa. Una decisión tan importante para esa empresa solamente la pueden tomar los más altos niveles directivos y ésta fue la oportunidad.
Me parece que, si es prácticamente imposible, por lo menos ahora, expulsar a ese tipo de industrias tóxicas, por lo menos debemos intentar atemperar el daño utilizando todos los medios al alcance de un gobierno, y eso es lo que estamos viendo claramente en este caso. Simultáneamente se deben articular campañas de concientización dirigidas a toda la población respecto del daño y las graves enfermedades asociadas al consumo de esas bebidas.
Faltan muchos detalles que abordar, como ginecólogo desde luego estoy muy sensible a que deberíamos colocar los logotipos de “prohibido en el embarazo” en todos los envases de esas bebidas, pero lo que estamos viendo me hace pensar que vamos en el camino correcto.
Ojalá podamos ver a corto plazo el cambio en las formulaciones y campañas todavía más intensas.
