Las palabras presidenciales

La fuerza de la retórica hablada siempre se ha visto en la historia

Donald Trump está empleando su arma más potente para tratar de hacer ganar a los republicanos en las elecciones legislativas en su país, el próximo martes 6 de noviembre: la palabra. La fuerza de la retórica hablada siempre se ha visto en la historia, incluso antes de Platón y Aristóteles.

Los grandes generales, como Alejandro Magno, eran oradores potentes, además de estrategas militares geniales. Los grandes asesores de los reyes, como Maquiavelo, eran reconocidos por su manejo magistral de las ideas y su verbalización. Cuando Winston Churchill convocó al parlamento británico a unirse en torno a su gobierno para afrontar a Hitler con un brillante discurso, se dijo de él que lo hizo “lanzando el idioma inglés a la guerra”. Hitler hipnotizó con sus promesas de grandeza.

Trump descubrió que un discurso que polarizara racial, sexual, económica y religiosamente a la sociedad estadunidense le podría facilitar ganar la elección. Después de que Estados Unidos había tenido un presidente afroamericano durante ocho años, la mesa estaba puesta para crear una masiva reacción en contra. Árabes, latinos y negros eran vistos como el gran peligro para la vida de “White America”.

Pero lo que antes era una opinión minoritaria y vociferante, con Trump se hizo mainstream y, de hecho, la corriente mayoritaria en el Congreso de su país.

Como presidente, Trump se ha dedicado a denigrar públicamente y en todos los foros, a los medios de comunicación que lo critican, a intereses económicos, financieros y comerciales que no coincidan con los suyos, a las razas que él considera denigran la pureza estadunidense, las religiones que no son la suya, los órganos autónomos del gobierno que toman decisiones que no son de su agrado y a los países que le resultan inferiores o miserables.

El resultado de toda esa retahíla de palabras presidenciales crudas y retadoras que fomentan el enfrentamiento entre ciudadanos es lógico: la violencia se ha desatado en su país, donde unos buscan matar a otros. En esta semana se registraron varios incidentes que se están volviendo rutina en Estados Unidos.

El más reciente fue un ataque a una sinagoga en Pittsburgh, donde un hombre armado mató a 11 personas mientras gritaba consignas antisemitas. Días antes, varios dispositivos explosivos fueron enviados a Obama, Clinton, George Soros y otros líderes políticos demócratas por un hombre que explicó que era hora de acabar con los liberales antiTrump.

En el estado de Kentucky, un hombre blanco armado trató de ingresar a una iglesia en una zona afroamericana y, cuando no se lo permitieron, fue a una tienda y mató a dos negros que estaban de compras. Todos estos ejemplos son solamente lo acontecido en la última semana.

Ahora, la caravana de hondureños caminando hacia Estados Unidos es un regalo para su campaña: los califica de terroristas y criminales, y envía tropas a la frontera con México. Un tipo duro para defender la pureza de su raza.

Las palabras presidenciales de odio y encono son semillero directo de violencia. Pesan fuertemente en el estado de ánimo de los pueblos, pues aparentemente autorizan la realización de acciones congruentes con lo que dicen los gobernantes.

Por ello, los jefes de Estado de todos los países deben medir sus palabras, especialmente cuando atacan a opositores con discursos de repudio, burla u odio. Los pueblos escuchan y actúan en consecuencia.

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