Piketty y el oscuro futuro mexicano
Hay libros difíciles de leer, tanto por extensión como por su complejidad intrínseca. A pesar de ello, algunos se convierten en verdaderos clásicos, por no decir bestsellers. Dos casos vienen a la mente. Uno es Ulises, de James Joyce, que relata un día en la vida de ...

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
Hay libros difíciles de leer, tanto por extensión como por su complejidad intrínseca. A pesar de ello, algunos se convierten en verdaderos clásicos, por no decir bestsellers. Dos casos vienen a la mente. Uno es Ulises, de James Joyce, que relata un día en la vida de Leopold Bloom, y contiene, en otras cosas, alrededor de 100 páginas sin un solo signo de puntuación, lo que hace que sea un reto para la concentración por el estilo literario stream of consciousness. Otro es El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, que versa sobre el arribo de fray Guillermo de Baskerville a una abadía en el norte de Italia asolada por una serie de asesinatos misteriosos. Contiene una parte extensa escrita en latín lo que exige al lector conocer el idioma para entender la trama del libro. Ambos libros han sido, a través del tiempo, señalados como de lectura obligada.
Hoy aparece un libro parecido, extenso y complejo, del economista francés Thomas Piketty intitulado El Capital en el Siglo XXI, que ha vendido cerca de dos millones de ejemplares y ha sido traducido a una veintena de idiomas, incluso al español por el Fondo de Cultura Económica. Dice en la portada del libro que “...ha despertado animadas polémicas en prácticamente todo el orbe”. Poco común para un libro de economía, quizá con la excepción de El Capital, de Carlos Marx. Piketty es un agudo analista de la desigualdad social, pero en absoluto es marxista.
En la página 440 (de la edición del FCE) se encuentra la frase que parece contener todo su pensamiento, y resume lo que nos quiere decir. “El punto esencial es que, para una estructura determinada del comportamiento del ahorro, este proceso acumulativo es más rápido y desigualitario en función de la elevación de la tasa de rendimiento del capital y de la baja de la tasa de crecimiento”. En pocas palabras, lo que Piketty nos demuestra, utilizando datos desde hace 250 años hasta la actualidad, es que el rendimiento del capital es, históricamente, superior a la tasa de crecimiento de la economía. Este es el hecho fundamental que deriva en la permanente inequidad estructural de la sociedad global capitalista.
La discusión viene al caso en México por la difícil circunstancia económica que enfrenta la mayoría de las casas mexicanas, siendo que el país es, al mismo tiempo, orígen de algunas de las grandes fortunas mundiales. La existencia histórica de altas tasas de rendimiento del capital y bajas tasas de crecimiento parece ser exactamente lo que padecemos en México. Como ha sucedido en los últimos años, hoy ocurre que la previsión “original” de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) empieza a modificarse, y estamos apenas en febrero. En 2013 se anunció un crecimiento de 3.5% y fue de 1%, mientras en 2014 se predijo 3.9% y terminó en 2%. Con relación a los pronósticos del crecimiento económico, oscila el país entre un optimismo inicial sin sustento claro hasta una depresión colectiva que se vive ante una realidad que despedaza expectativas y proyectos. Junto con este proceso, se desarticulan inversiones que se habrían dado en torno a las llamadas “reformas estructurales”. A pesar de lo adverso del entorno económico, las grandes fortunas siguen creciendo, a veces al ritmo de 15% a 20% anual. Esto es lo que Piketty demuestra para afirmar que la desigualdad es estructural y sigue profundizándose.
Piketty propone políticas fiscales globales para atenuar la situación, incrementando impuestos a la riqueza y a las herencias. En esencia, propone que el Estado, entendido tanto nacional como globalmente, actúe enérgicamente como agente regulador/moderador de la desigualdad social en el mundo, además de ser un instrumento para la distribución más justa del ingreso. Aquí la polémica se ha centrado entre liberales, que quieren menos intervención estatal en la economía, y estatistas, que quieren más regulación y dirección económica desde el Estado.
Más allá de ese debate, ¿cómo se puede tener la certeza de que el Estado mexicano, que ha sido tocado en su esencia misma por la corrupción y la ineptitud y que, por tanto, ha perdido legitimidad, puede servir de agente económico racional y competente para corregir las deformaciones estructurales del país, promoviendo una distribución más justa del ingreso? México tiene, ante sí, un Estado que no sólo no está a la altura de la tarea que le demanda Piketty, sino que incluso se ha convertido en un agente que sirve (y se sirve) de los intereses de la continuada desigualdad social.
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