Sobre complots y villanos

Esta visión totalizadora ha sido representada por mandatarios que han logrado llegar al poder cambiando las reglas del juego

Los complots y los villanos imaginarios han sido parte del discurso político por siglos. Es inherente al ser humano buscar entender la realidad bajo principios maniqueos, y los gobernantes se han encargado de fomentarlo.

Sin embargo, y después de fuertes lecciones para la humanidad, parecía que poco a poco íbamos caminando hacia una visión menos radical y más inclusiva. En donde se pueden entender diferentes cosmovisiones que coexisten en un mismo espacio.

No obstante, principalmente en la última década, han surgido movimientos políticos que una vez más buscan dividir y diferenciar, crear héroes y adversarios, inventar intrigas. Se trata de enaltecer el “nosotros” frente a esos enemigos que nos han dañado. No es necesario conocerlos ni querer entenderlos.

Esta visión totalizadora ha sido representada por mandatarios que han logrado llegar al poder cambiando las reglas del juego. Sin buscar acercamientos con el centro, sino todo lo contrario. Polarizando y radicalizando posturas.

Como dijo Umberto Eco, “tener un enemigo es importante, no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”.

Ejemplo perfecto de esa manera de hacer política lo representa Donald Trump, que ha demostrado que en un sistema democrático —en teoría educado—, para adquirir y mantener el poder es suficiente captar la atención de los votantes que simplifican su cosmovisión a “odiar” a un sector social o a una población, desde Irán hasta los migrantes.

Bajo este modelo, no se busca cooptar, sino excluir. Matar políticamente y destruir al adversario. No hay lugar al diálogo ni a la negociación. “Ellos” son el enemigo del pueblo, el cual es encarnado por el líder.

Y es que crear complots y villanos es una fórmula efectiva. Primero, logra identidad, mueve emociones y genera empatía de los ciudadanos con el régimen. Segundo, justifica medidas y acciones del gobierno que en otro contexto serían condenables. Y tercero, distrae la atención en torno a los temas importantes.

Parece que presidentes, de muchos tipos y cortes, difícilmente podrían haber llegado al poder y mantenerse en él, sin un discurso de división —Jair Bolsonaro, en Brasil; Nicolás Maduro, en Venezuela; Boris Johnson, en Reino Unido— basado en el engaño. En ese sentido, Nicolás Maquiavelo escribió, “nunca intentes ganar por la fuerza lo que puede ser ganado por la mentira”. México no es la excepción.

El pasado 6 de junio, desde Veracruz, el presidente López Obrador dijo que no hay cabida para posturas moderadas y se está “o por la transformación o se está en contra de la transformación del país”. Un par de días después, en medio de una profunda crisis en seguridad, economía y salud, anunció un —nuevo— complot en su contra bajo el nombre de BOA (Bloque Opositor Amplio), que se suma a las fuerzas —malignas— neoliberales y a la mafia en el poder.

Todo indica que nuestras autoridades, en lugar de ocuparse por dejar un mejor país, centran toda su atención en perseguir sombras y destruir lo que existe, incluyendo a la oposición, y mientras peores resultados generen, podemos esperar una mayor radicalización a sus posturas. Alarmante.

*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Panamericana.

Twitter: @ralexandermp

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