Todos somos Luis

Un niño, aparentemente, sano sufrió una fractura y tras ser intervenido, murió; los médicos fueron sentenciados por esto

La comunidad médica de todo el país se encuentra francamente consternada por un reciente caso en el sureño estado de Oaxaca. Un niño, aparentemente, sano sufrió una fractura que debería ser intervenida quirúrgicamente para corregirla, frente a lo cual un ortopedista brinda la explicación del procedimiento a los angustiados padres del menor, quienes aceptan.

Acto seguido, se lleva a cabo la intervención quirúrgica durante la que ocurrió alguna complicación mayor, que

redunda en la triste e irreparable pérdida de la vida del niño. Por desgracia, nadie tiene garantizada la vida, incluyendo los menores de edad, y cualquier persona puede perderla en cualquier momento, incluso en un quirófano, a pesar de que se sigan las normas de cuidado necesarias para efectuar el acto médico.

La medicina ha progresado sustantivamente en las últimas décadas hasta un extremo, en el que resulta más peligroso manejar en una vía rápida que ser sometido a una cirugía, pero jamás será nula la posibilidad de perder la vida. Siempre existirá el riesgo, aunque sea muy remoto.

Por supuesto, todos nos sentimos con un enorme dolor respecto al drama que está viviendo la familia, y entendemos el ánimo que los condujo a presentar quejas frente a los órganos administradores de justicia, con la intención de castigar a quienes pudieron ser los responsables de la irreparable pérdida.

Lo que resulta francamente inexplicable es que la autoridad jurisdiccional catalogue el delito cometido por los médicos, como si hubieran tenido la intención de terminar con la vida de su paciente.

En la práctica médica cotidiana es casi imposible un delito de los llamados “dolosos” que se caracterizan por la intención de una persona para terminar con la vida de otra o causarle un daño grave. Se requeriría de condiciones muy extrañas en las que el paciente fuera un conocido del médico y éste tuviera algún motivo para odiarlo y, aprovechando su vulnerabilidad, lo asesinara en quirófano. Eso sería un homicidio doloso, pero nadie en su sano juicio solicitaría la atención quirúrgica de un médico que lo conoce y lo odia.

En un país como el nuestro, carente de seguridad jurídica y con unos niveles extremos de corrupción en todos los órdenes de gobierno, donde los delincuentes prácticamente viven hoy a sus anchas cometiendo toda clase de tropelías sin que ninguna autoridad los detenga, con unas cifras de impunidad francamente vergonzosas; llama poderosamente la atención la saña con la que un juez se está conduciendo frente a los hechos, dejando privados de la libertad a dos profesionales, cuya intención nunca fue terminar con la vida de un inocente, acusándolos de haber acabado con su vida de manera intencional.

Llama a la suspicacia una conducta tan aberrante de los poderes Ejecutivo y Judicial locales provocando la sospecha de que subyacen actitudes como el tráfico de influencias, para provocar un resultado tan absurdo.

Por lo pronto, habrá manifestaciones multitudinarias en muchas ciudades del país.

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