Rodeados y vencidos por la impunidad

La mentira en lugar del pensamiento racional.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

Para donde se mire, el poder se ha vuelto abuso de poder. La injusticia social no ha sido “un invento” de los últimos años, se ha dado por centurias, pero es innegable que últimamente se ha extendido y afinado.

Desapareció la coherencia, se pasó a otro umbral, a un cinismo descarnado que hiere en todos los ámbitos: no hay medicina que cure a un cuerpo que exhibe una inigualable tolerancia ante el engaño, la corrupción y un despiadado hacer fuera de lo que vivimos como límite.

Se han vencido las resistencias que imponía una Suprema Corte, una Contaduría General de la República, comisiones de derechos humanos, organismos autónomos, voces sin temor de ser aplastadas, el orgullo de contar con una política internacional ejemplar, respeto hacia las Fuerzas Armadas. Hoy carecemos de la desgastada y siempre incompleta contención natural que brindaba la policía. Ahora ha surgido una bestia violenta, reforzada por la tolerancia que arrasa con lo que se imagine.

Las leyes jalan y orientan a la sociedad, apuran y estimulan su desarrollo, se hermanan con la escuela, las universidades, los institutos de investigación y desarrollo tecnológico, estaban unidas para ampliar y pulir nuestra forma de vida. Cuando fallan o son supuestamente transformadas, surge la profunda y arcaica violencia que surge de lo más profundo de la condición humana. Es un animal que no se pregunta sobre los derechos y deberes, que ignora si torturar, secuestrar y matar afecta a individuos y colectividades, no sabe lo que es la conciencia ni la ética. Los muertos que hoy se desparraman por todo el territorio, los que se cuentan diariamente y los fines de semana llegan a decenas, ya forman parte de nuestra cotidianidad, son un acompañamiento rutinario.

¿Qué es lo que ha fallado entre nosotros? Fundamentalmente un Estado que ha dejado de desempeñar su papel pedagógico. Todo es producto de acciones aleatorias, sin relación entre sí e indeterminadas. Priva lo imaginario, la mentira en lugar del pensamiento racional. La improvisación y un pragmatismo a medias componen los elementos de la vida de la población. Por ello, la cohesión social está desmoronada. La tristeza y la ansiedad nublan la esperanza. Los individuos se encierran en sí mismos, con ello creen cuidar a la familia y sus propios intereses sin tomar en cuenta al todo en que vivimos. Esto nos lleva a la indiferencia y al ostracismo.

Si dejamos que esto continúe, obtendremos la revancha de la especie sobre el raciocinio, estaremos creando una nueva identidad colectiva al igual que la tribu, la colonia de hormigas o la manada de especies colonizadoras. Nos igualaremos a pueblos primitivos donde lo importante no es avanzar, sino solamente sobrevivir.

Es el precio que estamos pagando ante un donjuanismo seductor de las masas. El duelo es excesivamente desigual, carecemos de las formas elementales de defensa. Por ello vemos surgir un nuevo tipo de hombres inquietos, angustiados, obsesionados por su futuro. Carecemos de hombres y mujeres calmados, reflexivos. Es la imprevisivilidad del mañana.

Esto se da porque sabemos que no hay castigo para quien abusa. Sí, se le impone al débil, al vencido. Una impunidad maestra, generalizada, dogmática está sobre todos nosotros y el recurso hacia la protección genera el rebajamiento voluntario hacia la mediocridad. Vivimos el riesgo de pasar de un régimen político de pretensiones democráticas a un autoritarismo tiránico, degradador.

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