¿Qué es lo que nos jala del abismo?
Las autoridades obligadas a detener la pandemia, se van a la playa

Raúl Cremoux
Otros ángulos
El espectáculo generado por el patán de Trump en el Capitolio ha impedido que nos demos cuenta del horror en que vivimos. Y está aquí entre nosotros, metido entre la piel y el cerebro, por describir lo menos.
Una segunda naturaleza se ha apoderado de nosotros. Comenzó al menos hace 20 años cuando ante nuestros ojos nos fuimos envileciendo, al dejar pasar, sin indignarnos, los heridos y los muertos causados por sicarios del narco y asesinos de toda laya. Ni en los siete círculos del averno del Dante Alighieri se describe a una sociedad tan indiferente con sus desgracias y sus muertos.
Sucede que ahora hemos llegado a alcanzar el puesto de mayor deshonor en la hipocresía y el cinismo. Ante nuestros ojos se libra una degradación como la que sufrieron diversos pueblos ante la invasión nazi.
A vuelo de pájaro veamos lo que nos rodea: cada día se superan los cientos de miles de contagios y de fallecidos; muchísimos enfermos y sus parientes van de un hospital a otro buscando ayuda; otros hacen largas filas para recargar los tanques de oxígeno para sus parientes; los trámites para obtener las actas de defunción están detenidos, miles de usuarios de Liconsa se han quedado sin leche para sus hijos, madres y padres deambulan tras las medicinas oncológicas para sus enfermos menores y hasta mayores de edad; los restauranteros indican que sus proveedores de insumos, personal de labores y consumidores son más de 2 millones de personas que ruegan, exigen, se abran sus negocios; se obstaculiza la venta de la hivermectina, un medicamento que ayuda en la lucha preventiva contra la pandemia, en lugar de promoverla. Militares de alto rango son los primeros en vacunarse. Las autoridades obligadas a paliar y detener la pandemia, se van a la playa, juegan beisbol y se van a Argentina. Podría continuar, pero me comería el espacio para no tocar algo delicadísimo consistente en la demostrada alergia que el señor Obrador tiene por la esencia de la democracia: la transparencia y la autonomía. Es decir, aquello que escapa a sus gigantescos apetitos de control y de poder.
Con el propósito de eliminar los organismos autónomos, declara que es un derroche de dinero lo que se ahorraría, aunque ni siquiera significa un centésimo de lo que se invierte anualmente en una empresa en quiebra: Pemex.
Ya penetrados por los intereses presidenciales carecen de independencia, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Comisión Reguladora de Energía, la Comisión de Hidrocarburos y el Centro Nacional de Control de Energía. Esto para impedir el desarrollo de lo que todo el mundo desea, las energías limpias y renovables. Anuncia que el lunes echará a andar la maquinaria que borre al Inai, organismo que transparenta las acciones gubernamentales, el INE, nuestro instituto electoral, el Inegi, que nos permite conocer diversas realidades del país, la Comisión Federal de Competencia (Cofece) y, aunque parezca increíble, ya ha tratado de zarandear la autonomía de la UNAM.
Seguramente esto se debe a que una carrera facilona de cinco años que no tiene el rigor de los estudios de medicina, física o química, le tomó tantos años (14), lo que le valió el mote de fósil.
Acabamos de terminar un año en que el PIB cayó más del 9%, desaparecieron más de un millón de empleos formales y los pobres aumentaron once millones más. Jonathan Heath, subgobernador del Banco de México, nos dice que tardaremos décadas en volver a tener las realidades económicas de 2018…
¿Qué es lo que nos atrae tanto del abismo?