¿Por qué no tenemos servidores honestos?
¿Qué habrá visto el almirante para expresar lo dicho?

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Como si fuera un desmentido a su jefe, quien en tiempos anteriores ha blandido un pañuelo blanco para decirnos que no hay corrupción, el secretario de Marina, Rafael Ojeda Durán, declaró en el oráculo oficial del pasado martes que se carece de servidores honestos.
Sí, la afirmación fue contundente. Seca, clara y, desde la atalaya en que se encuentra, luce irrebatible: nuestros servidores públicos carecen de un valor sustantivo y pilar de cualquier gobierno democrático: la honestidad. ¿Qué habrá visto el almirante para expresar lo dicho?
Quizás ha sido algo definitivo, quizás ha visto mucho, quizás está harto, quizás ha sido una advertencia. Y nosotros, los que no tenemos una mirada de 180 grados sobre el gabinete, gobernadores, legisladores, jueces, ¿qué debemos entender?
En el diccionario de la Real Academia, y la palabra honesitas, honesitatis, designa la cualidad de honesto como un conjunto de atributos personales como la decencia, el pudor, la dignidad, la sinceridad, la justicia, la rectitud y la honradez en la forma de ser y de actuar. Todo eso da para exigir que alguien con un cargo público, destinado a servir a los demás, sea honesto, pues encarna un valor moral fundamental para establecer relaciones interpersonales basadas en la confianza y el respeto mutuo.
Dice Miguel de Unamuno que una persona que actúa con honestidad, siempre lo hace apoyada en valores como la verdad y la justicia, nunca antepone a éstos sus propias necesidades e intereses.
Emmanuel Kant escribe que la persona honesta es alguien apegado a un código de conducta caracterizado por la rectitud, la probidad y la honradez. Es decir, la honestidad permea todos los aspectos de la vida. Se manifiesta socialmente, pero también en el entorno interior del individuo y, todavía más, en su vida íntima. Y si hablamos, como lo ha hecho el almirante Ojeda, de funcionarios, lo que debemos esperar es un comportamiento coherente donde las acciones de la persona, deben ser coherentes. En otras palabras, ser consecuente con lo que se piensa y predica. Nelson Mandela afirmó desde la prisión que “en un ser honesto, hombre o mujer, los actos más pequeños están regidos por la transparencia en nuestras relaciones con los demás y así ser honestos”.
John Steinbeck, escritor estadunidense, cuya obra se caracteriza por tener un alto contenido social (Las uvas de la ira), repitió una y otra vez que un funcionario deshonesto es un ser sin honor y sin credibilidad.
Volvamos a preguntarnos, ¿qué ha visto el titular de la Secretaría de Marina para reprochar con un látigo a una generalidad de servidores?
Quienes tenemos la oportunidad de una tribuna pública como este diario o una plataforma en redes sociales, nos hemos cansado durante decenios en apuntar la deshonestidad de muchísimos funcionarios que no merecen serlo por diversas razones: aceptar puestos para los que no están preparados, servir como piezas de engranaje para proyectos personales o grupales, ambición para hacer fortuna, encubrir todo tipo de ilícitos, deslealtad con las tareas encomendadas.
En el foro mañanero, el almirante Rafael Ojeda no se contuvo, hombre disciplinado y prudente, lanza una afirmación que en realidad es un reclamo: “…quisiéramos que muchos profesionistas que están en el servicio público entiendan que hagamos a un lado la corrupción…”.
Ahora respondamos al marino encargado de tareas públicas sustantivas: no es fácil reunir los atributos de un ser honesto cuando no hay ejemplos entre quienes, debiendo servirnos, nos mienten, abusan y se benefician de la ignorancia ciudadana.
En consecuencia, es más fácil encontrar un camello nadando en medio del mar que un funcionario honesto entre nosotros.