Si esta fuera la única razón para que los directores de Pemex y la CFE tuvieran que ser removidos sería suficiente, el primero está sofocando con combustibles contaminados a la empresa petrolera y, el segundo, utiliza parte de ese combustible en las obsoletas plantas de energía eléctrica. Tal para cual.
Ya en 2017 se vieron los primeros ensayos y éstos se afirmaron en 2020 con normas internacionales que prohíben exportar el combustóleo.
Pemex produce mucho porque el petróleo mexicano es pesado y el proceso de tratarlo y refinarlo da como resultado grandes cantidades de ese combustible, que tiempo atrás lo usaban los barcos y en especial los de carga. Vamos, ahora ni siquiera puede venderlo a los buques que cargan el petróleo de exportación. En consecuencia, Pemex se lo vende a la Comisión Federal de Electricidad y esto produce el dañino dióxido de azufre que es nocivo para la vida humana, la fauna y el mundo vegetal.
En el último año del gobierno pasado, en México, las plantas refinadoras lo hacían entre un millón cien mil barriles y un millón 250 mil al día. Exportaban petróleo pesado y compraban petróleo ligero, concretamente gasolina, diésel y turbosina. Ahora eso ya se ha agravado. Pemex no ha renovado sus equipos y produce lo que nadie quiere, ni siquiera en ciertos países de Asia o en algunos otros más cercanos como El Salvador o Guatemala.
En otras palabras, a mayor capacidad de extracción de petróleo, mayor cantidad de combustóleo que nadie quiere ni necesita. Incluso para nuestro propio país; en la medida que alguna vez se modernicen las plantas eléctricas con energías limpias y renovables, como la solar, eólica, maremotriz o nuclear, la energía tóxica, inevitablemente productora de dióxido de azufre, no tendrá mercado ni futuro. De ahí que el presidente López Obrador rechace las energías nuevas.
Estamos ante un grave dilema: por mucho que se haga en Pemex, renovar su plantilla de funcionarios y trabajadores, reducir el personal, las ventas no alcanzarán ni remotamente a pagar su deuda, nacional y extranjera. En suma, Pemex es una empresa anticuada, obsoleta, quebrada en sus planes futuros y carcomida por una corrupción que no cesa, sino que se ahonda.
Esa empresa, sólo ella, puede trastocar todo el tratado comercial con Canadá y los Estados Unidos, especialmente con este último país, ya que su presidente, Joe Biden, es un promotor vigoroso en atajar los daños del cambio climático y en firmar todos los acuerdos en los que los diferentes países se comprometan a disminuir sus gases contaminantes, como ya lo están haciendo China y la India, que provocan porcentajes muy grandes de CO2, carbón, azufre y petróleo pesado. Las advertencias nocivas ya están aquí: sequías, trombas, incendios, granizadas, nevadas cada vez más fuertes e inesperadas en México y en el mundo.
La refinería de Dos Bocas, proyecto destinado a contrarrestar el desprendimiento del dióxido de azufre, no tiene la capacidad de refinar sin hacer daño. Sería, de consumarse su construcción, un elefante herido, incapaz de solucionar el círculo vicioso de nuestra capacidad de detener los males tóxicos que el mundo y, muy concretamente, nuestros socios canadienses y norteamericanos desean, exigen, parar.
En la reciente Cumbre ante el Cambio Climático, López Obrador hizo ofrecimientos de colaborar, incluso con un mal elaborado y fracasado Plan Verde en esa lucha internacional.
¿De qué modo se responderá con eficacia para evitar sanciones que ya están tocando a la puerta?
