Nuestra patria, una fosa común
Los huérfanos y las viudas son centenares de miles

Raúl Cremoux
Otros ángulos
No es de hoy. Pero se ha recrudecido. Entre las prioridades de nuestros gobernantes no está salvaguardar la vida de la ciudadanía ni acercarse a impartir justicia. Para ellos, lo importante es insistir siempre en vender la idea de una sociedad con derechos humanos y limpia de sangre.
Invariablemente ante nuestros ojos, todos los días desfilan los muertos y desaparecidos, es decir, secuestrados, torturados, mutilados. La mayoría son enterrados sin nombre y los asesinos siempre tienen oportunidad de huir. Lo sabemos, los culpables son las víctimas.
¿Por qué sus padres llevaron 48 niños de 6 meses a 4 años de edad a la guardería ABC en Hermosillo, Sonora?
¿Quién les dijo a los 93 muertos y 102 quemados que buscarán gasolina en Tlahuelilpan para vivir la tragedia del huachicol?
¿Qué hacían en carretera las tres mujeres y seis niños de la familia LeBarón?
¿Quién le pidió a Abel Murrieta que fuera candidato en Cajeme, Sonora, lo mismo que a 83 candidatos a diferentes cargos?
Y la lista podría llenar todas las páginas de éste y los demás diarios, ya que los números de fallecidos por violencia entre narcos, asaltos, venganzas, ocultan los nombres de todos ellos y rara vez conocemos sus identidades e historias. Las mujeres y los reporteros caen como moscas. Los huérfanos y las viudas son centenares de miles. Los expedientes de cada uno nadan en un océano de sangre y forman una gigantesca montaña de impunidad. Cualquiera en no importa qué momento puede ser secuestrado, apuñalado, balaceado o triturado sin tener la protección de policías, marinos, soldados, guardias civiles y su expediente traspapelado en los ministerios públicos o entre los jueces.
No nos hagamos ilusiones, salvo un puñado de poderosos, formamos una red de 127 millones de mexicanos vulnerables y abandonados a nuestra suerte. Incluso quienes tienen escoltas, cámaras de vigilancia, gruesos portones e influencias pueden correr peligro, al igual que su familia.
La suave patria de Ramón López Velarde no existe más. Su lugar es ocupado por un infierno dantesco y nuestra capacidad de asombro e indignación, ya saturada por tanto crimen e impunidad, se refugia en el futbol y en los espectáculos grotescos ofrecidos por el gobierno y las comedias en donde figuras de todo orden desfilan domesticadas para brindar la distracción necesaria para no prestar vista ni oídos a los muertos de cada día.
Vivo ejemplo es el hundimiento de las vías de la dorada Línea 12 del Metro. Como arte de magia los responsables han desaparecido entre las maromas gubernamentales que a toda costa buscan enterrar lo sucedido con escándalos de cualquier sombrero de copa del que salen conejos o culpables de no importa qué delito.
A pesar de que el ministro de la Corte, Juan Luis Alcántara resolvió el martes que el gobernador de Tamaulipas estaba protegido contra diversas acciones penales, y que el Congreso del estado le daba su amplia protección, el juez Iván Zeferín Hernández, en Almoloya de Juárez, ordenó la aprehensión de García Cabeza de Vaca. Se le acusa de delincuencia organizada y el arresto no puede ser suspendido por un amparo. Maniobra insólita a pesar del fuero que goza como tantos funcionarios públicos.
Si esto ocurre con un gobernador sobre el que no hay pruebas de la acusación, ¿quién se va a ocupar de esa gigantesca fosa común donde moran los muertos enterrados sin justicia y en proceso de ser olvidados para siempre?