¿Nos importa el cambio climático?
Las consecuencias son funestas para la fauna marina y las tierras cultivables se han ido reduciendo. Las evidencias están aquí frente a nosotros, altas temperaturas que desembocan en incendios forestales, inundaciones en poblaciones ribereñas, inesperadas granizadas, ...

Raúl Cremoux
Otros ángulos
-Las consecuencias son funestas para la fauna marina y las tierras cultivables se han ido reduciendo.
Las evidencias están aquí frente a nosotros, altas temperaturas que desembocan en incendios forestales, inundaciones en poblaciones ribereñas, inesperadas granizadas, sequías impredecibles. Tal y como lo predijeron Mario Molina y Sherwood Rowland desde 1985, y cuyas advertencias los llevaron a ganar el Premio Nobel de Química en 1995, la alteración climática ha entrado a una etapa decisiva.
Ya no hay lugar seguro en el planeta. Los polos se están derritiendo, los océanos, sean el Pacífico, el Atlántico, el Egeo, el Mediterráneo o el Negro, todos han aumentado tanto su temperatura como su elevación. Las consecuencias son funestas para la fauna marina y las tierras cultivables se han ido reduciendo en todas partes.
“Es una locura, es un suicidio colectivo”, declaró hace tres días António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas desde Islamabad, Pakistán. Este año, las lluvias monzónicas fueron cinco veces más abundantes de lo normal, provocaron severas inundaciones que sumergieron un tercio de la superficie del país, una extensión equivalente a Inglaterra.
Tal y como ocurrió cuando se inició la epidemia de covid-19 en Wuhan, China, nos dijimos que eso pasaba en un lugar lejanísimo. Ahora decimos lo mismo ante el deshielo en Groenlandia y en los polos Ártico y Antártico. Vemos con indiferencia los grandes y devastadores tornados en el centro de Estados Unidos o los incendios en California, sur de Francia y España.
Tan nada nos importa que el gobierno compró una obsoleta refinería texana y está construyendo otra en Dos Bocas, Tabasco.
Contrariamente a la tendencia mundial que busca minimizar el uso del petróleo y, sobre todo del carbón, energéticos contaminantes, la Comisión Federal de Electricidad se ha vuelto un foco infeccioso al aumentar el uso del carbón en 55 por ciento.
A pesar de las palabras, bien sabemos a dónde van a parar, en México se genera electricidad en tres carboeléctricas: dos en Coahuila y otra en Guerrero. Justo lo opuesto a lo firmado en el Pacto de París hace 12 años, donde el gobierno se comprometió a reducir su participación hasta llegar a renovarlas con lo que nos sobra: energía solar. Véase que Alemania tiene sólo una tercera parte de días solares comparados con México y produce 86% más energía solar que nosotros.
Si hablamos de energías renovables como la eólica, maremotriz o nuclear, de 67 países con economías desarrolladas o en vías de serlo, México ocupa el lugar 54. En otras palabras, no nos importa, no está en ningún plan gubernamental el desarrollo de energías naturales. Seguimos basando nuestro comportamiento industrial, comercial e individual en energías tóxicas y que en otras partes repudian.
No debería extrañarnos, ya que los últimos años han tenido la característica de querer emular al pasado, pero no el de los años 70, sino el de siglos pasados.