¿Nos damos cuenta que vivimos en crisis?

No hay estímulo para crear fábricas, talleres, comercios.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

Saboreando unos tamales en vajilla de Sanborns, el Presidente eructaba satisfacción al decir que creceremos este año al 5 por ciento.

Los más prestigiosos economistas nacionales y extranjeros, nos dicen que, si todo va bien, podríamos alcanzar el uno por ciento o quizás tengamos crecimiento nulo. Hasta Jonathan Heath, subgobernador del banco central, estima que continuarán el ciclo de alzas para tratar de contener la inflación. Bien sabemos que la inversión está deprimida, el volumen de personas pobres aumenta, las medicinas escasean y el sistema de salud cada vez nos protege menos, en tanto la inseguridad crece y bate récords y cifras. Los sistemas de valores sobre los cuales reposaban tanto la organización social como las condiciones de transmisión de las normas políticas, del saber y de la cultura, tratan de navegar en medio del fango.

La cuarta transformación no es un programa de gobierno, tampoco es un proyecto con anclajes en avances tecnológicos, científicos, comerciales y educativos. Lo cierto es que vamos hacia un estadio donde el crecimiento será, cuando se dé, muy débil, si no es que nulo. Las protecciones sociales, especialmente las pensiones del IMSS y del ISSSTE, bien pronto alcanzarán proporciones dramáticas y los incumplimientos con el tratado comercial del norte, nos llevarán a una competencia internacional cada vez más áspera.

Todo esto reunido ha creado un malestar generalizado donde todo es más caro, menos abundante, donde privan el pesimismo, la insalubridad y la desconfianza, se le llama crisis. Esta palabra que hemos pedido prestada al vocabulario médico, califica la fase aguda de la enfermedad, después de la cual, si el enfermo no ha fallecido, se perfila poco a poco hacia la salud. El empleo de esta palabra evoca una situación temporal aguda y juzgada anormal en relación con un estado de salud.

Lejos de mí, la idea de pensar que la solución de todo esté en manos del poder público, aunque en eso se ha fabricado hasta el cansancio. La tarea gubernamental no es ofrecer el bienestar de la sociedad —visión totalitaria—, sino fomentar y encauzar sólo las condiciones económicas y sociales mínimas, saber adaptar sus orientaciones y tras un análisis lúcido de la situación, proponer un buen conocimiento de los comportamientos y las motivaciones a partir de los cuales se implementarán los recursos.

El papel del Estado debe asegurarnos una gran eficacia, no como productor, sino como regulador de la vida económica y favorecer la autonomía y la iniciativa de los participantes privados y sociales. Requerimos menos reglamentos, más negociaciones, menos tutela y más responsabilidad, por esto, la formación de hombres es una postura decisiva y eso depende en mucho de nuestro hoy castigado sistema educativo. Todo esto, como es claro ver, se basa en una columna vertebral: Confianza, con mayúsculas.

Sin este elemento, no hay motivación para arriesgar los ahorros; no hay estímulo para crear fábricas, talleres, comercios y todo el bagaje de crecimiento que nuestro país necesita. Sin confianza no hay trayecto seguro ni meta definida por alcanzar; sin confianza no hay camino al futuro, de estar en el diapasón de esta flexibilidad; sin confianza en la palabra, en los tratos jurídicos, en el marco del diario acontecer, el país va directo al inmenso océano de la crisis.

Hoy, para donde se mire, estamos en crisis.

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