No saben qué hacer con los aviones
El acero de las varillas se cortó y vendió al mejor postor

Raúl Cremoux
Otros ángulos
El aeropuerto capitalino languidecía. Desde lustros atrás se veía la necesidad de reemplazarlo. ¿Cómo, dónde ubicarlo, a qué costo, se tendrían que interrumpir los vuelos? A todas estas interrogantes y muchas más se le asignaron diversos proyectos en al menos tres gobiernos anteriores.
El anterior, destinó dos años y medio a realizar los complejos estudios sobre ubicación, vientos, mecánica de suelos, acceso y movilidad, financiamiento y pertinencia en tiempo. Gerardo Ruiz Esparza, titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes fue el supervisor de 19 proyectos presentados hasta que se determinó bajo concurso, el que presentó Norman Foster, diseñador y creador de al menos seis de los mejores y más bellos aeropuertos en diversas partes del mundo.
El asunto arrancó y desde el principio se vio que éste sería un programa extra sexenal, ya que el diseño y sus condiciones excepcionales requerían al menos casi cuatro años para finalizarlo. Pero desde que en las elecciones presidenciales triunfó López Obrador, se estigmatizó lo que ya avanzaba hasta alcanzar el 34% de su realización. El presidente electo, sin pruebas, lo calificó como un nido de corrupción y la obra se detuvo. El acero de las varillas se cortó y vendió al mejor postor; más tarde se anegó y el costo de esas acciones aún se están pagando a quienes habían firmado contratos en su realización. Hasta hoy, el TUA, que es una contribución carísima que debe pagar el usuario, se destina, no a mejorar el viejo aeropuerto, sino a pagar la deuda colosal de más de 230 mil millones de dólares.
Producto de la improvisación, se destinó a ingenieros militares mexicanos, la ampliación y condicionamiento de una base militar en Santa Lucía. Miles de millones de pesos de por medio, hace unos meses se inauguró sin estar acabado. Carente de restaurantes, comercios, bancos y toda la complejidad de servicios que requiere una obra semejante. Por supuesto, se hizo notar la carencia de un elemento capital para un aeropuerto internacional: la conectividad y la aceptación de las asociaciones, tanto de pilotos como de las compañías de aviación. Hasta la fecha, el aeródromo de Santa Lucía, bautizado con el nombre de un artillero militar designado por Pancho Villa y criticado por iluso e irrealista, Felipe Ángeles.
Este aeropuerto carece del total de responsables en la torre de control, tanto como de vías de acceso y transporte terrestre eficiente para pasajeros y tripulación. Ahora se busca eliminar más de 90 mil operaciones anuales del actual aeropuerto Benito Juárez para subrayar su saturación creando un sinfín de problemas, como falta de mantenimiento, escasez de combustible, retrasos, encharcamientos, etcétera, medidas impulsadas por el gobierno actual para lograr la migración desde el maltrecho aeropuerto capitalino al Felipe Ángeles que, actualmente luce semidesierto y sin los atractivos que el aeropuerto de Texcoco brindaría al turismo mundial.
A este gigantesco pastel, hay que agregar una cereza: el avión presidencial que daría la imagen de una nación en vías de progreso. Al revés, se ha tratado de vender, rifar, rentar para fiestas y cumpleaños, ahora se pretende dar en abonos a otro gobierno olvidando que es una aeronave que se tiene en leasing. En renta. Y, cuyo mantenimiento es altísimo. Lo dicho, un gobierno que no sabe qué hacer con los aviones.