Ni la violencia ni la muerte nos conmueven

En un rasgo más de conformidad social, ahora la población y los líderes de opinión se entretienen en una pantomima sobre el destino de las llamadas corcholatas, sus precampañas ilegales y el juego de nombres, fechas, currícula y mil trivialidades. Mientras tanto, el ...

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

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En un rasgo más de conformidad social, ahora la población y los líderes de opinión se entretienen en una pantomima sobre el destino de las llamadas corcholatas, sus precampañas ilegales y el juego de nombres, fechas, currícula y mil trivialidades.

Mientras tanto, el Inegi y el SESNSP nos ofrecen datos que hielan la sangre: actualmente se cometen 96 homicidios cada día. Sólo en Tijuana, de marzo a mayo hubo 154 asesinatos y bajo la palabra del presidente López Obrador, el crimen organizado tiene bajo amenaza a las autoridades locales. La gobernadora Marina del Pilar Ávila tiene una escolta de 38 hombres y la alcaldesa Motnserrat Caballero decidió irse a vivir a un cuartel militar.

¿Y a la población común quién la protege?

Hoy existe entre nosotros una suerte de consentimiento a la violencia y al crimen que dan la atmósfera, el olor, la acústica y el sudor del país. La mentira, la ilegalidad, la ausencia de los derechos básicos no nos molesta, no nos agravia. “Las cosas son así”. Una cultura pacifista y apaciguadora como la hinduista no impidió crímenes y matanzas en los siglos XIX y XX. Entre ellos se decía que la peor violencia era la pobreza. ¿Acaso nosotros con 54 millones de pobres podemos decir lo mismo y así justificar el baño de sangre?

La banalizacion de la palabra violencia nos lleva a normalizar cualquier tipo de violación. La desigualdad es un tejido distinto a la violencia.

Las leyes, ahora inexistentes, están hechas para apurar el desarrollo de la sociedad, van de la mano de la escuela, ambas educan y pulen. La evidencia de que la escuela no funciona es clara, inútil. Ahí están los adolescentes jalados por las bandas de delincuentes cada vez compuestas por más y más jóvenes. Se han apresado a niñas y niños de 11, 13 años de edad.

¿Qué es lo que ha fallado entre nosotros, la mentira institucionalizada, la honda y transversal corrupción, la injusticia, el abandono de valores básicos o todo?

Todas éstas son sólidas razones para explicar el regreso de lo que bien puede ser la bestia. Nunca debimos traspasar el umbral de la ya indiscutida permisibilidad, incluso asociación con el crimen organizado o no. Lo hicimos sin pensar en las consecuencias y se impidió que la policía, la Guardia Nacional y el Ejército realizaran sus tareas. ¿Qué ejemplo puede dar la ostentosa vida del general secretario y de sus más cercanos allegados, las fiestas y saraos del cuerpo dirigente?

Sin faltar un solo día, las páginas de los diarios y los informativos de radio y televisión dan cuenta de heridos, secuestros y homicidios en todo el territorio nacional. No hay una sola marcha de protesta, no hay llanto popular ni rabia en la población. Es una aceptación que pasma y nos desviste como individuos a los que nada altera. Pueden ser mujeres jóvenes o maduras las asesinadas en las esquinas o en sus centros laborales. Los niños al igual que sus padres son secuestrados y sus restos encontrados en zanjas o fosas comunes.

Cada semana, cada mes se alcanzan cifras récords en un campeonato de indiferencia, tanto ciudadana como por parte de las autoridades.

El asunto no es menor, aunque ya nos hayamos acostumbrado. Las grietas que deja en el cuerpo de civilización perdurarán por lustros, y queramos o no, repercutirán en la conducta social de las nuevas generaciones.

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