Mujeres que exigen ser respetadas
¿Por qué los hombres abusamos de las mujeres hasta sacrificarlas y arrancarles la vida?

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Amurallado y blindado el Palacio Nacional como si estuvieran bajo el acecho de las tropas rusas, los morenistas y sus compinches se sintieron tranquilos, ya que el Supremo estaba en buen resguardo. Afuera, miles de mujeres, mayoritariamente jóvenes, mostraban su rabia, su coraje y hasta su alegría de vivir, así como su valentía ante las atrocidades que se han cometido contra ellas.
Yuriria Sierra dio a conocer los datos de México Evalúa, desde 2018 a la fecha se han registrado 3 mil 758 asesinatos de mujeres, 134% más que en los últimos seis años. Esto se da en un marco de 5 millones de víctimas de delitos sexuales.
¿Por qué los hombres abusamos de las mujeres hasta sacrificarlas y arrancarles la vida? La respuesta es clara: lo hacemos porque son presas fáciles y sabemos que no hay castigo. Nos cubre un grueso manto de valemadrismo e impunidad.
Si dejamos de lado a la familia, ¿a quién le importa que a las jóvenes, casi niñas, las secuestren para venderlas, prostituirlas, someterlas a las bandas criminales y, finalmente triturarlas hasta la muerte?
Por qué debe extrañarnos su coraje y su intento colectivo en exigir “Ni una más; devuelvan a mi hija; quiero saber dónde están sus restos”.
Las mujeres, específicamente las mexicanas, lo primero que pierden es la falta de reconocimiento. Cuentan sólo para la estadística. Son enviadas al ostracismo y el olvido, pues son fácilmente remplazadas. De eso dan testimonio las miles de fosas clandestinas. Las jóvenes se rebelan a tener como futuro el cautiverio, el desdén, la desmesura con que son tratadas. Se rebelan y están hartas de ser violadas en la propia familia por hombres torvos y abusadores. Desean ser tratadas con dignidad y esos individuos ignoran que ellas merecen una relación que les ofrezca comprensión y cariño. Como son descendientes directos del simio, las abordan secuestrándolas, intimidándolas, amenazándolas y maltratándolas.
Diariamente, 20 niñas llegan a los hospitales víctimas de la violencia.
Y día con día, el país recoge la cifra de once mujeres asesinadas. Los abrazos son suplidos por balazos y acuchillamientos.
Hemos hecho de la tragedia, la regla de funcionamiento de esta nuestra sociedad. La incivilidad es la norma de las relaciones en este país, donde el patrón a seguir es el aprovechamiento sobre el vulnerable. Y las mujeres son el eslabón más débil, tanto que, dentro del Palacio amurallado y custodiado por marinos, guardias civiles y soldados, un puñado de mujeres morenistas, hijas, esposas o madres de funcionarios celebraron el Día Internacional de la Mujer, alabando y quemando incienso a un hombre que consideran es el todo poderoso. Tan poderoso que su Palacio estuvo protegido al punto que a las mujeres que se acercaban demasiado, les lanzaban gases destinados a mortificarles ojos y las vías respiratorias.
Detrás de la historia de la violencia se perfila la historia del Estado.
Bien sabemos que la peor violencia es la pobreza, madre germinadora de todas las penurias que puede sufrir un ser humano, especialmente si este es de género femenino. No nos extrañemos, aquí y allá, en los distintos pliegues de la sociedad mexicana ha nacido una nueva categoría social, son las mujeres insumisas quienes luchan para ser reconocidas como seres respetables, productivas, merecedoras de alcanzar su propio destino sin tener que padecer sufrimientos y el desdén hipócrita de un gobierno que ha heredado el gen del macho engreído.
Las movilizaciones femeninas nos han demostrado que no son las brigadas rojas. Son, eso sí, mujeres muy diferentes, valientes y con un destino opuesto a las madres que parieron a tantos machos narcisistas.