Hasta hace unos años, podíamos saber cuál era el grado del aire y contaminación de la Ciudad de México y también la reacción de las autoridades, hasta el punto de recomendar no se hiciera ejercicio en áreas públicas y de preferencia quedarse a buen resguardo.
Ahora se omite todo eso y sólo consultando fuentes externas hemos sabido que el pasado martes 13 fue particularmente contaminante e, incluso, las partículas dañinas alcanzaron todas las medidas consideradas como nocivas para nuestra salud.
Así, y por efecto de actos violentos e igualmente mortales, ese martes 13 ha sido el más letal en lo que va del año con 105 víctimas de homicidio doloso. Las dos semanas de este mes de abril ya suman mil 29 asesinatos, con un promedio de 79 personas que diariamente pierden la vida. Estos datos no son dignos de aparecer en los conteos de noticias televisivas y tampoco en las principales páginas de los diarios.
Lo que sí supimos y con enorme despliegue fueron dos sucesos igualmente tóxicos. El primero fue la atroz amenaza de un candidato a gobernar el estado de Guerrero, caracterizado por su bien ganada fama de borrachín peleonero y por gustar de violar mujeres cuando puede hacer uso de su poder. Sus amenazas contra los consejeros del INE rebasan todos los límites de cualquier sistema democrático. Nos hablan de un ser profundamente irrespetuoso a las normas civilizadas y a las normas legales. El segundo suceso de ese martes 13 fue la declaración presidencial, en plena etapa electoral, de afirmar que, aunque su partido, Morena, pierda la Cámara de Diputados, él tendrá derecho al veto del presupuesto. Esto significa algo muy claro: no importan los otros poderes que nos hemos dado: Legislativo y Judicial. El único verdadero en estos días, es el suyo, y nada más.
Nos encontramos con algo semejante a lo ocurrido en el Concilio de Trento en el que se proclamó la infalibilidad del Papa, incluso en materia científica. ¿Y cómo hemos llegado a esta situación? Henos aquí por dos vectores dominantes, el primero explicado por Plutarco en La vida de Solón, donde con sorpresa declaraba ver que “entre los griegos, los ignorantes decidían” y el segundo vector, Eurípides, en Las Suplicantes, dice: La inferioridad de la democracia consiste en oradores que se dirigen al pueblo con promesas que saben nunca cumplirán, así hacen las delicias de ese pueblo y mañana serán su desgracia; para disimular sus culpas, se valen de la mentira y de la calumnia.
Herodoto muestra con qué facilidad la grey puede ser engañada e indica que “es más fácil engañar a muchos hombres que a uno solo” y Píndaro escribe: “Mientras más grande una masa, más ciego su corazón”.
Finalmente, Pericles añade: “Cuando la palabra agradable se suma al espíritu de persuadir a la masa, sabemos que llegará la desgracia”.
En México vivimos donde nada garantiza la primacía de la verdad.
Mentimos sin cesar, porque no hay razón alguna para decir la verdad. Somos una sociedad propicia para las construcciones totalitarias porque no existe la distinción entre ficción y realidad, entre lo verdadero y lo falso.
Nada permite saber si los datos gubernamentales pueden ser probados o de inicio cargan una duda que nos obliga a confrontar con la realidad.
Así, el poderoso carga y arrasa, apadrina causas irrelevantes o carentes de razón. Permite excesos y tolera injusticias.
¿Cómo resistir a la ideología dominante cuando entre una masa de millones de seres humanos prevalece el conformismo?
