Los sueños y quejas de doña Olga

El poder crea las reglas, pero éstas no son para él, son para los demás.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

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El 25 de noviembre pasado, 53 senadores del PAN, PRD, MC y PRI emplazaron a Olga Sánchez Cordero, actual presidenta de la Mesa Directiva a presentar una controversia constitucional ante la Suprema Corte de Justicia contra el decretazo, el cual —así lo dijeron—, viola la Constitución y atenta contra la División de Poderes.

Bien sabemos que al señor López 

Obrador no le gusta que alguien meta las narices en alguna de sus obras, más si son icónicas y harto significativas de su huella por este mundo. Le satisface decir que sus acciones son honestas, con personal decente y los contratistas que son beneficiados son honrados. No requieren de concursos ni tampoco cumplir con las leyes ni reglamentos oficiales, que francamente son muy engorrosos. Para librar sus trabajos con rapidez y eficiencia, nada es mejor que ignorar eso llamado Constitución y leyes y reglamentos que se derivan. La prueba de esa fórmula está en la construcción del primer piso del Periférico, cuando el señor López Obrador fue jefe de Gobierno de la capital. Tan eficaz fue el resultado que todavía ahora, tres sexenios más tarde, no sabemos con certeza cuánto costó esa obra.

Pues bien, doña Olga, desde su perspectiva técnica, ha dicho que presentar una controversia es improcedente puesto que “es inexistente el principio de agravio respecto del Senado”. Si bien esto pareciera responder al atentado contra la División de Poderes, deja bailando lo medular: mantener bajo el resguardo de un cofre inexpugnable, todo lo relativo a la construcción de obras federales en comunicaciones, telecomunicaciones, sector aduanero, fronterizo, hidráulico, hídrico, medio ambiente, turístico, salud, vías férreas, ya que serán consideradas de interés público y de seguridad nacional, por lo que tendrán dispensa de trámites. Además, eso convendría adecuadamente a tener desterradas las leyes de transparencia y acceso a la información.

Algo tan grueso como lo anterior, doña Olga cuando fue ministra de la Corte jamás lo hubiera dejado pasar, muchísimo menos defender. Pero las cosas cambian, ésta es la génesis del poder. El poder crea las reglas, pero éstas no son para él, son para los demás.

En el siglo XVII, su majestad Luis XIV transformó a sus nobles en espantajos con listones, quienes necesitaban dedicar horas a su arreglo personal, por lo que no tenían tiempo para pensar ni ocuparse de la política; ésta era asunto del rey. Ahora es igual. Así, doña Olga está en lo que ha calificado como su sueño, estar en el Senado y de este modo defender a su rey ante cualquier viento que despeinarlo quiera.

No obstante, unos días más tarde, doña Olga reveló que cuando fue secretaria de Gobernación “mucha gente cercana al Presidente, alguna gente, no mucha (sic), alguna gente desvalorizó mi trabajo” y después de respirar, continuó: “…a pesar de que yo me esmeraba por cumplir la responsabilidad del cargo, que es una de las posiciones más importantes y difíciles”. Finalmente remató señalando que en el Senado (su sueño), buscará legislar para corregir los desequilibrios laborales entre hombres y mujeres.

Tengámoslo presente, los cambios de poder, llámense como se llamen, son cambio de élites. La ley de la obediencia está por encima de cualquier diferencia de género, no importa ser hombre o mujer, una vez en el poder, ambos actuarán de la misma manera. Doña Olga lo atestigua.

Entre tanto, el decretazo se abre camino para buscar el blindaje de obras y proyectos del gobierno federal.

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