Mañana, 11 millones de mexicanos serán convocados para elegir a sus gobernantes. Esto ocurrirá en Aguascalientes, Durango, Hidalgo, Quintana Roo y Tamaulipas. ¿Qué podemos esperar cuando se han dado múltiples denuncias sobre el abuso de gastos más allá de los límites acordados, los amagos del crimen organizado contra candidatos opositores y cuando los principales aspirantes a la Presidencia han apoyado al partido oficial?
Todo indica que no brillarán la equidad ni la pulcritud.
La nación es o debiera ser una asociación voluntaria de hombres iguales. ¿Es así la nuestra?
Las elecciones son parte sustantiva, aunque no son lo único que tipifican y modelan el arquetipo para que a un país se le califique como democrático. Este ejercicio se funda en el civismo, que es una virtud privada, individual, de evidente resonancia pública. Esta condición ofrece nacimiento a todas las demás variantes particulares y manifiesto determinante de que a todos nos concierne la unidad del país.
¿Se da eso entre nosotros? El culto a los derechos ha borrado el listado de las obligaciones al punto que las elecciones cada vez tienen menos credibilidad social y sus resultados nos hablan de una sociedad compleja, dividida y descreída.
Veamos un par de ejemplos, harto se ha escrito que, de antemano, dos plazas ya han sido entregadas al oficialismo: Hidalgo y Oaxaca. De sus respectivos gobernantes, Omar Fayad y Alejandro Murat, se han publicado numerosos relatos de haber negociado el apoyo que, de muy diversas maneras, han ofrecido a Morena. ¿Hay acaso una embajada o una subsecretaría como pago a tal componenda?
Los comicios comprometen a lo colectivo. No es una abstracción, es el ejercicio de deberes y derechos. Esto se manifiesta con la idea implícita de querer vivir juntos, supone compromisos que minimizan los intereses particulares para dar lugar y enaltecer el interés general.
¿Lo representan las elecciones del domingo?
Difícilmente. Los valores que sirven para construir el sentido de la experiencia colectiva que legitima las reglas de la moralidad pública y que fundamenta los procesos de pertenencia han sido, en los últimos tres años y medio, severamente dañados. Las violaciones a la Constitución han sido recurrentes y hasta exaltadas. ¿Cómo esperar sean respetadas las normas vigentes a las elecciones, acaso con la presencia de los funcionarios del gabinete presidencial, intervención de la violencia contra quienes no militan en el oficialismo o con acarreados de todos los confines?
Cuando hablamos de la República lo hacemos con una actitud de adhesión que valora el interés general, moviliza la capacidad de participación, de contribución y de reciprocidad entre personas y grupos por más distantes y encontradas que puedan ser sus opiniones.
La educación condiciona la formación del juicio y vemos que el gobierno ha renunciado a la tarea pedagógica que, por excelencia, supondría la forma de elegir a los gobernantes. ¿Cómo dejar la emoción para elegir con la razón? Ésta es hoy una ecuación rebasada por una constante empeñada todos los días en poner a un hombre y su partido político como la aspiración suprema.
Estamos en presencia de todos los elementos que pueden llevarnos a la suma de los factores de un absolutismo sin contrapesos regionales y de instituciones independientes. He aquí lo que mañana está en juego.
