Lo que nos espera con el cambio climático
Es necesario pasar de los discursos a la realidad

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Ante los numerosos problemas que nos atosigan, como la violencia e inseguridad que crecen cada vez más, suele pasar desapercibido un asunto capital que todo lo trastoca: el cambio climático para el cual no hay fronteras ni país que pueda resguardarse.
Las sequías son más recurrentes, las tormentas más fuertes, los incendios se dan en todos los continentes, los derrumbes de los glaciales se dan en los dos polos, el nivel de los océanos es alarmante, los gases irrespirables son el agobio de Pekín, Delhi. Y no descartamos los no pocos momentos en la Ciudad de México y Monterrey, en contraste con los países escandinavos.
La desaparición de fauna y flora se multiplica y la furia de las tempestades lo mismo avasalla pueblos y ciudades italianas y norteamericanas al igual que el calor sofocante ahoga al Senegal y Kuala Lumpur.
El cambio climático multiplica los problemas existentes y ante los que tienen menos posibilidades de hacer frente a las calamidades naturales, su vulnerabilidad es mucho mayor: rancherías, poblaciones al borde de mares y ríos; cerca de montañas o enclavados en valles estrechos; faltos de aparatos reguladores de aire o facilitadores de protección civil y de emergencia.
En todas las reuniones de ambiente climático se ve con claridad que uno de los mayores contaminadores, Estados Unidos, mejor expresado, Donald Trump, indicó que no cumpliría los compromisos firmados en el Acuerdo de París 2015, aunque no lo piensen así más de 100 empresas norteamericanas que ya colaboran en esta lucha. En buena hora Biden ha rectificado todo eso.
Los científicos y expertos han dicho que si el aumento de la temperatura media del planeta alcanza a subir o superar los dos grados centígrados no podremos controlar los efectos catastróficos de un calentamiento que será irreversible. Todo lo que hoy padecemos será nada al desatarse ciclones y tormentas de violencia incalculable, hundimientos terrestres, incendios por doquier, calores abrasadores, temperaturas gélidas, olas desproporcionadas en los mares, provocando parálisis de viajes aéreos y marítimos. Potencialización de enfermedades masivas y todo aquello que describe el Apocalipsis. No, no es asunto de ciencia ficción ni alarmismo. Lo han expresado voces calificadas en al menos 47 universidades, centros tecnológicos y expertos de laboratorios de muy diversa índole y nacionalidad.
Es necesario pasar de los discursos a la realidad, eliminar las plantas generadoras de electricidad a base de carbón y de gasolina, aumentar las de energía solar y eólica cada vez más baratas, dejar de producir autos contaminantes, eliminar el cemento en nuestras construcciones, y el plástico de nuestras vidas; tajantemente eliminar la deforestación y, lo más difícil, cambiar de hábitos y costumbres que nos brindan confort aparente. Si bien nuestros asuntos son complejos y nos ahoga la inseguridad, la violencia, el desempleo, ya es tiempo de que nos ocupemos de lo que globalmente heredaremos a las generaciones venideras ya que, supuestamente, para algo mejor las engendramos.
Demos atención a lo que se dice, colaboremos generosamente en lo mucho que está en nuestras manos. Cierto, carecemos de herramientas para gestionar problemas de tanta complejidad, sobre todo cuando las consecuencias se perciben como algo futuro. Por ello, se requiere el trazo gubernamental y la disposición de hacer caso a lo que rebasa nuestras fronteras físicas y mentales. Y si ya comienzan a ser importantes las instituciones no gubernamentales preocupadas y ocupadas por mejorar el aire que respiramos y el agua que bebemos, falta la obligada, necesaria y urgente voluntad política gubernamental de mostrar el trazo y las metas de inmediato y corto plazo.