Lo de Ucrania lo vemos con indiferencia

Esta invasión no se había visto en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

 Cuando el 31 de diciembre de 2019, la Orga­nización Mundial de la Salud (OMS) notificó por primera vez que un virus desconocido había brotado en China, todos pensamos que cualquier dolor que tuviéramos, por leve que fuera, era más importante que lo que pudiera ocurrir en un sitio tan lejano como poco con­currido por nosotros mexicanos. Además, los festejos para iniciar el año 2020 ya estaban preparados y lo que nos esperaba no era otra cosa que la fiesta…

Lo mismo ocurre cuando se habla del cambio climático cuando ya está sobre no­sotros, pero nos decimos, bue­no, ya veremos más tarde. Igual reacción tenemos cuando el presidente ucraniano Volodímir Zelenski nos dice: “El futuro de toda Europa se decide en Kiev”. Le faltó añadir: “Y si eso ocurre en Europa, dadas las interre­laciones económicas, alimen­tarias, educativas, sociales y culturales, en todo el mundo se verán afectadas”. No, no lo dice, pero bien lo intuimos y plena­mente lo sabemos.

Por el momento, lo que ocu­rre en Ucrania no está entre nuestras prioridades. A noso­tros nos interesa sobremanera el que la oncena nacional ten­ga boleto para ir al Mundial de Qatar, ver la película Coda, ganadora del Oscar a mejor película, o por qué continúa en el puesto de subsecretario Hugo López-Gatell.

El presidente Zelenski se ha dirigido a la Cámara de los Comunes en el Reino Unido, al parlamento estadunidense, al francés y al alemán. También se ha dirigido a los legis­ladores japoneses y está por hacerlo con los noruegos. A todos les ha dicho: “Sus armas nos pueden ayudar a cooperar en la lucha por nuestra y su libertad”.

Pidió a las empresas europeas a que no contribuyan a sostener la maquinaria de guerra rusa e instó a que los puertos euro­peos, asiáticos y del mundo estén bloqueados para los barcos rusos. Los noticieros de Gran Bretaña, Alemania, Italia, España, Holanda y Francia han ampliado reportajes sobre la continuación y ampliación de los bombar­deos rusos sobre Ucrania sin respetar zonas residenciales, hospitales e iglesias, donde se protegían cientos de civiles. Además, se do­cumenta que las fuerzas armadas de Putin han utilizado, en al menos 24 ocasiones, las bombas de racismo prohibidas por leyes in­ternacionales en áreas pobladas durante las cinco semanas transcurridas desde que comenzó la invasión armada.

En ese lapso, el número de ucranianos que han dejado sus hogares, negocios, trabajos y te­rrenos son ya más de 4 millones. Su propósito ha sido pasar las fronteras de los países vecinos para encontrar un refugio y co­mida, ya que Ucrania, conside­rada el granero más importante de Europa, ya no puede generar el trigo, la soya y el maíz que ex­portaba a más de 14 países.

Esta invasión no se había visto en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, cuando justamente se fundó la Organización de las Naciones Uni­das con 51 países participantes, con la meta de impedir más guerras. Esa organización ha crecido y actualmente tiene 193 países, que han firmado el compromiso de mantener la paz y la seguridad internacional, fomentar las relaciones de amistad y promover el progreso social y los Derechos Humanos.

Impedida la ONU de lograr su come­tido, ya que carece de garras, aunque le sobren argumentos, es mucho más inquie­tante lo que ocurre en Ucrania, tan lejana en kilómetros y tan cerca en las posibles consecuencias.

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