La servidumbre voluntaria

El autoritarismo no se decreta, es innato.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

Si cualquier familia ha tenido merma en sus ingresos, la carga de una enfermedad entre alguno de sus miembros y el desempleo total o transitorio, es lógico que detenga la ampliación de la añorada construcción de una recámara adicional o la renovación de su vehículo. Las prioridades se mueven y se le da importancia a lo urgente.

¿Por qué eso no ocurre tratándose de un gobierno como el que tenemos al ver que cada día aumentan los pobres y crece la miseria? Bien se pudiera dejar de inyectar cantidades enormes a Pemex que, inevitablemente, pierde miles de millones por mes y por año. Obviamente, se dejaría de talar la selva yucateca y suspender la obra del Tren Maya, hacer de lado un modesto aeropuerto carente de vías de acceso y de las características que tenía el aeropuerto de Texcoco y, por supuesto, desechar la refinería de Dos Bocas, que nacerá obsoleta y sin futuro.

¿Qué es lo que hace que la lógica de lo que haría una familia, no lo haga un gobierno cuya razón de ser es la salvaguarda íntegra de sus pobladores? Hace unos días vi una sentencia del pensador español Fernán Gómez que reza así: En España no sólo funcionan mal los que mandan, sino también los que obedecen. ¿Por qué aceptamos la autoridad? Cuando es benéfica para todos, hay un interés en obedecer, pero cuando es mala, ¿qué nos mueve a obedecer?

La Boétie habla del absurdo y la costumbre: “un pueblo puede dormir bajo la opresión y encontrarla cómoda. Hay una fascinación en la esfera de la aceptación que lleva al abandono. La ideología lleva a una embriaguez perezosa”.

Hay una forma de imponerla: es la propaganda. Se empieza por transformar a una población en masa y la autoridad se basa en las técnicas de la persuasión, que son muchas. Es el sueño de la razón que lleva a una masa a la obediencia ciega. Los procedimientos, dice Ikram Antaki, se descubren dándole a la masa un poquito de lo que espera.

El hombre de la masa está dominado por su inconsciente afectivo, es un ser apasionado. Cualquier pueblo (véase el alemán, informado y culto), puede llegar a obedecer a la peor de las autoridades: el lenguaje de la autoridad gusta, complace.

En un principio, las dictaduras siempre son populares. Recuérdese a Calígula o a Benito Mussolini.

¿Cuál es la sicología de la autoridad? Ésta supone una desigualdad y una relación jerárquica. El autoritarismo no se decreta, es innato. Es la falsa energía del débil. Las épocas turbias revelan miles, millones de mediocres que exigen un conformismo absoluto. Un subordinado tomará ocho días de reposo a causa de la gripe. El hombre de autoridad seguirá trabajando a pesar del cáncer, nunca descansará.

Para garantizar la estabilidad de los mecanismos, en el tiempo y en el espacio, el poder debe disponer de una estructura y limitar las modalidades de resistencia de los ciudadanos. Se trata de extender las redes del poder a través del campo social y de interiorizar, en el corazón de los gobernados, sus obligaciones. De ahí un proceso que pasa por la apropiación íntima de las razones de obediencia. Mezcla de obligación y persuasión. El aparato está orientado hacia la acción coercitiva.

Es una matriz estructurada de actitudes y percepciones que reproducen las dominaciones iniciales. Esto se llama habitus.

Rousseau decía: “el más fuerte jamás es lo suficientemente fuerte para ser siempre el amo, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber”.

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