Tres partidos políticos, unidos, bien podrían ser una seria competencia para Morena, nos muestran que no tienen la motivación de enderezar la lastimosa situación que vive el país.
El desinterés es inocultable, ya que ante los errores y los defectos mostrados por el oficialismo, la experiencia acumulada no les ha servido de nada. Podríamos verlo prácticamente todos los días y en todo el territorio, pero hagámoslo tan sólo en los siguientes casos:
Acapulco. El desinterés ante su desgracia no ha tenido límites. El gobierno municipal no sólo ha carecido de respuesta, es más, ha cobijado el pillaje y el robo generalizado. Su presidenta municipal lo ha calificado como natural y entre balbuceos, ha dicho que está bien. La inexperta gobernadora, puesta en ese cargo por su padre, se apareció muy tarde y sin conocimiento ni deseos de salpicar sus lujosas botas que daban a conocer la alta calidad de sus pantalones entallados. El Ejecutivo federal, además de quedarse enfangado en la carretera, señaló enfático que los acapulqueños tenían suficientes recursos, y para remachar, no permitió un solo peso del presupuesto para remediar sus males. Cuando visita la zona de desastre lo hace en helicóptero o en barco rodeado de militares.
¿Interés y cuidado con los más pobres?
Clara Brugada. Fue imposible negar que en Morena las encuestas que daban por un amplio margen a Omar Garcia Harfuch como candidato a Jefatura de la Ciudad de México no sirvieron para así considerarlo. “El método” se manejó al antojo del Presidente para imponer a la reina de Iztapalapa. A la candidata oficial no le sirvió ni el glorificado bastón de mando ni la determinación para designar a su sucesor en la capital. No hacía falta, pero fue la demostración que está y seguirá bajo las inclinaciones y órdenes de su patrón. ¿Democracia?
Arturo Zaldívar. Todavía era ministro de la Suprema Corte de Justicia y ya aparecía retratado con Claudia Sheinbaum afirmando que renunciaba para “contribuir con la transformación del país”. Tomó aliento y en sus palabras nos informó con claridad que, desde siempre, fue un limpiabotas de López Obrador. Él hacía la tercia junto a Loretta Ortiz y Jasmín Esquivel para lo que fuera necesario. Quien debió ser un árbitro imparcial fue un baluarte de todas las decisiones que le llegaban desde arriba. La Constitución que debió esgrimir y defender en sus acciones fueron borradas al igual que la voluntad de ser un juez verdadero.
¿Y la justicia, miembros de la oposición?
La militarización. Había jurado que regresarían a sus cuarteles y desde ahí cumplir con la asignación encomendada por nuestra ley suprema. Hemos visto justo lo contrario. Los militares transformaron un aeropuerto militar en uno internacional para poder conectarse constantemente con Cuba, Venezuela y supuestamente brindar servicio a diversas partes del país. Han sido utilizados para resguardar aduanas, trazar y tender líneas para el Tren Maya, el Transístmico, finalizar el de Toluca, abastecer las medicinas que no llegan a los pacientes, intervenir en 27 asuntos propios de los civiles.
¿Y sus tareas para evitar la proliferación de los narcos?
A lo largo de la historia hemos tenido oposiciones de todo tipo: simbólicas, reales, pero timoratas; cómplices del poder y también constructivas hasta alcanzar los puestos decisivos, pero nunca habían sido tan mediocres, pusilánimes y tendenciosos como ahora. No es exagerado verlos como un verdadero lastre para Xóchitl Gálvez ni para tener un país justo, equilibrado, con salud y educación de calidad en todos los rincones de la nación. Con seguridad, continuarán papando moscas.
