La misiva al presidente Biden

La soberanía de México no está en juego.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

De manera inusual, dado que se acaban de ver, el señor López Obrador acaba de enviarle una carta al presidente Joe Biden. Hasta donde sabemos, incursiona sobre la soberanía y el nacionalismo por encima del tratado comercial que mantenemos con los Estados Unidos y Canadá.

Me pregunto, ¿no pudo hacer una videollamada, como lo hacen un buen número de presidentes y primeros ministros en el mundo?

Para reafirmar que le importa fomentar las energías fósiles sobre las renovables, López Obrador le dice que México no se vende y, en algún párrafo, le pregunta al mandatario yanqui si ha pensado qué haría Estados Unidos sin la fuerza de trabajo de los mexicanos. ¿Por qué utilizar un lenguaje semejante en un tratado que ha beneficiado a las tres naciones y, de manera particular, a nuestro país en los últimos 26 años?

La convivencia es siempre un frágil equilibrio que hay que conservar, consolidar, sobre todo cuando involucra a millones de seres humanos en los tres países. No es exagerado señalar que buena parte de la industria, el comercio, la relación cultural y, para decirlo rápido, la bonanza de muchas industrias y regiones agrícolas, están sustentadas en la relación establecida en ese tratado comercial. Economistas prestigiados y analistas internacionales reconocen que esa fórmula ha permitido el ascenso de millones de trabajadores, comerciantes y un sinfín de intermediarios mexicanos que lograron salir de la pobreza.

La soberanía de nuestro país no está en juego, se trata de evolucionar para dejar atrás el carbón, la gasolina, el combustóleo y el diésel para dar paso a la fuerza eólica, maremotriz, solar, incluso nuclear. Para ello se requiere la competencia.

Cuando el sentido de lo que es común entre los hombres desaparece, cuando la razón ya no es evidente, las reglas del reconocimiento mutuo dejan de estar aseguradas. Esto trastoca la comunicación, la envilece y da lugar al conflicto. ¿Queremos enemistarnos con nuestro principal socio comercial, cultural, industrial y turístico; por qué y con qué resultados previsibles?

El gobierno mexicano ha sido llamado a consultas sobre el obsesivo golpeteo en favorecer a dos empresas mexicanas sobre todas las demás, sean mexicanas o extranjeras, lo que no está acordado en el tratado. Nadie en Canadá ni en Estados Unidos hace un llamado al rompimiento ni a atentar contra los derechos mexicanos.

Para John Rawls: “Una sociedad bien ordenada es determinada por una concepción pública de la justicia, donde cada quien acepta y sabe que los demás aceptan los mismos principios”. Ésta es la letra y el espíritu que da legitimidad moral al tratado, que garantiza su estabilidad y buen funcionamiento. El derecho mutuo es el único modo de garantizar la paz social y la seguridad individual y colectiva. Esto es producto del consentimiento de los hombres.

Si el acuerdo con los socios del norte ya no le gusta a López Obrador, los negociadores pueden llegar a hacerlo funcional; de otro modo, la regla sin efectividad desaparece y se instala el derecho del más fuerte. La norma jurídica pierde su validez por el hecho de quedar alterada.

¿Acaso queremos eso y salir acentuadamente lesionados para poner a los gringos “en su lugar”; es un deseo generalizado o de una sola persona?

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