Para Mario Lavista en recuerdo de los años parisinos.
Ha querido la suerte que el tiempo presente sea un tiempo de infortunios para quien irá en breve a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Escasean todo tipo de empleos y de medicinas, ni extranjeros ni nacionales quieren invertir en el país, pues no tienen confianza; los huracanes arrecian y numerosas regiones se inundan o los vientos barren con lo que encuentran; incendios y explosiones de gas, y huachicol aquí y allá; las vacunas Cansino aplicadas a profesores y estudiantes no cumplen con las expectativas; las deudas de haber derrumbado el semiconstruido aeropuerto de Texcoco cada día son mayores; Pemex y la CFE siguen perdiendo sumas extravagantes; la Guardia Nacional es vapuleada por pordioseros migrantes de Haití, El Salvador, Guatemala y hasta de Brasil y África; la Auditoría Superior de la Federación detecta faltantes e irregularidades por más de 12 mil millones de pesos sólo el año pasado, y, sobre todo, sea por efectos de la pandemia o por la inexplicable excesiva tolerancia ante los criminales, los cadáveres suman cifras impensables que sólo son superadas por el dolor y el desamparo de sus deudos.
El escenario en la ONU no admitirá que se hable de corrupción cuando acaba de ocurrir un mal tejido espectáculo de simulación de justicia entre un delincuente confeso y las autoridades que le otorgaron privilegios que esperaban ser recompensadas. Corrupción es aceptar o lograr un cargo público para el que no se está capacitado. Corrupción es la marcada ineptitud gubernamental que hoy brilla en cualquier punto que se toque. Por encima de las palabras, no importa lo que se diga, en la sala principal de Naciones Unidas estará el símbolo de una mujer esqueleto que lleva un florido sombrero estilo francés; es la figura femenina dibujada por José Guadalupe Posadas y bautizada por Diego Rivera como La Catrina. Es la gran dama que apareció por primera vez en 1912 y hoy es el icono del Día de Muertos.
En concordancia con lo expresado en Glasgow ante los principales líderes del mundo por António Guterres, secretario general de la ONU, quien insistió en su rechazo a las energías fósiles y expresó: “Basta de maltratar la biodiversidad, basta de matarnos con el carbono. Basta de tratar a la naturaleza como un retrete. Estamos cavando nuestra propia tumba”. Expresiones exactamente opuestas al pensamiento dominante de Manuel Bartlett, artífice y ariete de la contrarreforma energética.
En la delirante confusión babilónica se hace creer que mostrarse en público equivale a hacerse escuchar, y esa exposición banalizada es lo opuesto a la exigencia del Talmud, esa escuela incomparable de rigor y desmitificación que conduce a huir de la complacencia y del exhibicionismo.
Para hablar ante el conjunto de representantes de muy diversas naciones, no se puede tener la concepción de un discurso de una sola dimensión, el yo mayestático, pues lo plano queda desarmado ante los volúmenes. Quisiéramos que en lugar de La Catrina, tuviéramos el modelo de una certeza democrática, respetuoso de los cuerpos intermedios, consciente de encarnar la unidad nacional y lúcido hasta los límites del irrenunciable compromiso social con los mexicanos y con la comunidad internacional.
Hoy podríamos tener un momento de tranquilidad si supiéramos que, en lugar de La Catrina, estuviéramos representados en Nueva York, por un símbolo de armonía, concordia, lucidez y entrega para salvaguardar los intereses más profundos de una nación que desea crecer sin misterios ni favores y, para ello, se requiere una transparencia absoluta, y la permanente congruencia entre el verbo y la acción.
