La aberración que nos envuelve
¿Qué es lo que ha fallado, la injusticia social?

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Cuando se denuncia y agrede a una nación y se avasalla al Estado formal, con sus brazos tentaculares: escuela, policía, ejército, instituciones, justicia; cuando unas minorías no incorporadas cuestionan la relativa unidad cultural de un país; cuando la reglamentación sobre la acción policiaca y la posesión de armas no es suficientemente severa, la violencia crece.
Esto, en otras palabras, es lo que acaba de decirnos la señora Rosa Icela Rodríguez, titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana cuando nos muestra un grueso legajo que arroja la cifra de 91 mil 580 asesinatos ocurridos en lo que va del gobierno de López Obrador.
De ello, los medios difusores dan cuenta diariamente hasta el punto que hoy existe una especie de consentimiento a la violencia, una extraña segunda naturaleza que da la atmósfera, la acústica, la visión y el humor de conformismo mezclado con tolerancia que reina en el país.
Los datos duros, y los otros, nos dicen que ni las policías municipales, estales y federales, acompañadas de la Guardia Nacional, el Ejército y la Armada han logrado contener los asesinatos y las masacres que todos los días nos enlutan y crean un numeroso núcleo de viudas y huérfanos de costa a costa y de frontera a frontera.
Para el marxismo “la peor violencia es la pobreza”. Por ello, una de las banderas gubernamentales ha sido primero los pobres y ha establecido el programa Jóvenes Construyendo el Futuro, también un enorme costal económico para brindar becas a un número indeterminado y poco claro de adolescentes y jóvenes para alejarlos del crimen. Los resultados están a la vista, cientos de miles de atracos, tomas de vías férreas y casetas de pago en carreteras, secuestros, fraudes y todas variadas formas de la corrupción moral que registra el infierno de Dante.
La violencia es coacción física, perjuicio, daño, atentado directo y corporal contra las personas cuya integridad, vida y libertad, individual o colectiva, está en peligro. Ésta es la cumbre de la jerarquía de todas las amenazas y la banalización del vocablo violencia lleva a mezclar los datos a partir de los cuales se pueda valorar, analizar y remediar. La desigualdad social es una cosa, la violencia es otra. Cuando la muerte es omnipresente, se desprecia la vida.
En nuestro país, hombres lúcidos y generosos elaboraron, hace decenios, las leyes más avanzadas del continente; leyes por encima de las conocidas en Argentina, Chile o Estados Unidos. Y, en concreto, las configuradas para atemperar el crimen presuponían empujar a la sociedad, apurar su desarrollo e ir de la mano con la escuela; ambas educan y pulen, pero ahí está presente la enorme bestia que no habla de responsabilidades, sino del mundo de la selva, el que no se cuestiona sobre la conciencia ni la ética.
¿Qué es lo que ha fallado: la corrupción, la injusticia social, un Estado que ha dejado de desempeñar su rol pedagógico, todo? En algunas partes del mundo hablan de mexicanización para hablar de comportamientos irracionales y conductas zigzagueantes.
Lo que es cierto es que necesitamos reorientar el rumbo. El crimen no se remedia con abrazos y compasión a los derechos humanos de los asesinos cuando las víctimas carecen de elemental protección. Sin reconocer esto, la cohesión social se derrumba. Los individuos se cierran en sí mismos y vuelven a formar clanes prehistóricos para instalarse en el pandillerismo. La identidad colectiva se transforma en clanes y vuelve a crear estructuras de suyo primitivas.
Debemos apresurarnos a encontrar la razón mayúscula, el umbral que no había que pasar. Esto es tarea insustituible del Estado y si esto no se realiza, estamos a nuestra suerte.