En esta fecha que, se decía, No se olvida, mi país está enfadado. Más que eso, está irritado.
Los obstáculos que impone la injusticia y la pobreza suelen radicar en lo más hondo del espíritu humano. Durante el tiempo pasado, una de las características posrevolucionarias de México, desde míster amigo, el presidente Miguel Alemán, hasta la administración actual, una característica clara y real fue la permeabilidad social ascendente.
Todos esos presidentes venían de clases medias o algo todavía más modesto: fueron los casos de Zedillo, Calderón y López Obrador.
Si se revisa sus biografías así lo vemos. Los clasemedieros querían mejorar el país, fortalecer su autonomía energética y alimenticia; brindar oportunidades educativas y extender la sanidad pública.
Hoy eso se tambalea, no existe. Son las clases medias las que súbitamente se percatan que su nivel de vida ya es otro.
Si bien la pandemia sigue siendo grave, es el torrente de consecuencias de ello y, sobre todo la ineptitud del gobierno lopezobradorista, lo que ha inclinado la balanza para que el deterioro sea mayúsculo.
De las clases medias ya no surgirán los pensadores, los técnicos y profesionistas, pues todos están ocupados en sobrevivir, como puedan y en lo que surja.
La educación en manos de la CNTE y de una inexperta secretaria de educación, anula la posibilidad de que las aulas, laboratorios y profesorado sean un pivote de desarrollo.
Las decisiones imprecisas, inoportunas y sin sostén, rubrican un desconocimiento elemental de lo que es un gobierno honesto y eficiente.
Mi país está irritado porque mueren más víctimas por la violencia que por la de suyo enorme cantidad de contagiados por el virus. Destaca la forma intimidatoria y criminal hacia las mujeres y le siguen las de hombres y organizaciones vinculados a las bandas criminales, que gozan de una indudable permisividad. López Obrador repite que no se lanza contra ellos, sino contra las causas. Tal dicho sería el resultado de décadas de aplicación a modificar la forma de vida en la que sobreviven millones de mexicanos, pero no, de ninguna forma el arranque de una manera de contención ya que esto privilegia la violencia sobre leyes, reglamentos y sentido común.
La impunidad no ha encontrado límites ya que se ha llegado al punto de liberar a Ovidio Guzmán, quien estaba en manos del Ejército; el Presidente se desplaza cientos de kilómetros para saludar a la madre del más notable narcotraficante nacido en Sinaloa, y en el colmo, defender los derechos humanos de los delincuentes hasta permitir que comandos militares sean desarmados y humillados por pandillas de revoltosos.
Más aun, quitar a los uniformados de sus tareas obligadas y naturales para convertirlos en mil usos y trabajitos ordinarios.
Mi país está irritado porque tiene hambre, incertidumbre en el futuro y falta de sosiego en el presente. Cada vez son más los inconsolables, los que no encuentran empleo, habitación digna, educación creadora y lugar en los hospitales que han sido marcados por un inexplicable recorte presupuestal que expone la vida de los trabajadores de la salud y limita obligadamente la esperanza de cura para decenas de miles de contagiados y destinados a perecer por falta de atención adecuada.
Mi país está enfadado, irritado e inconsolable porque sus niños y sus madres son ninguneados, puestos boca abajo y finalmente sacrificados. Los migrantes son tratados bestialmente y pedimos que los nuestros sean bendecidos.
Mi país está molesto, irritado, aunque se repita en la cúpula que todo está bien, requete bien.
Esto no puede, no debe durar más.
