¿En manos de quién está la educación?
Delfina se dedica a lo que se conoce como grilla.

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Durante toda su vida ha ocupado puestos políticos: delegada federal, diputada, presidenta municipal de Texcoco, candidata de Morena a gobernar el Estado de México y ha querido el destino y el dedo de su jefe, que hoy sea nada menos que responsable de la Educación Pública nacional.
Recientemente fue recortada y bañada en salsa pasilla cuando, en un yerro geográfico, afirmó que en Jalisco había recorrido de Saltillo a Cananea. Ya antes ha estado en la mira de los comentaristas de medios muy diversos cuando se ha dicho que, de sus empleados en Texcoco, recibió la bonita suma de 13 millones de pesos para asegurar la buena suerte. Su breve recorrido por esa secretaría ha tenido un fuerte color grisáceo semejante al que tuvo uno de sus antecesores: Aurelio Nuño, quien, entre banderas de colores y sonoras bandas triunfalistas, fue corregido por una escolar de ocho años, quien le dijo: “No se dice ler, el verbo es leer”.
Doña Delfina se dedica a lo que se conoce como grilla, no ha tenido tiempo de leer a los grandes educadores, pues todavía piensa en que puede ser la elegida por su jefe para volver intentar a obtener la candidatura de Morena para el Estado de México. De ahí que haya pasado de largo a los grandes educadores: María Montessori, Emilio Durkheim, John Dewey, Stanley Hall o al célebre Piaget. ¿Para qué leerlos, si al fin y al cabo, el puesto que tiene es sólo un escalón?
Ella ignora que la escuela ha sido la institución donde los maestros esculpían la mente de los niños a través del conocimiento y los liberaban de los límites impuestos, sin importar su origen familiar, geográfico o socioeconómico. Los elevaban hacia el universalismo del saber y el interés general de la nación. La maestra Delfina Gómez parece no ver que la escuela se ha vuelto una institución débil, es ahora un conjunto de espacios donde docentes y enseñados cruzan un umbral en crisis. Ignora que existe un desfase entre el mundo y la escuela, entre la inmediatez del Twitter y la paciencia cultivadora de la enseñanza. A pesar de ser profesora –quien sabe de qué materia–, no se ha dado cuenta de que, en lugar de los puestos políticos, ser maestro es uno de los más bellos oficios del mundo. Los maestros forman, son, la red indispensable entre las distintas generaciones. Entre los niños destinados a la exclusión tanto como a los niños privilegiados, como a la totalidad de la burocracia, la responsable de la educación nacional no ha visto que aunque las puertas de las escuelas sean más anchas que antaño, su nivel ha descendido notablemente y sus condiciones laborales se han degradado.
Enseñar no es la yuxtaposición de prácticas individuales. Los maestros, desde Platón, son depositarios de un saber que cruza y desarrolla el conocimiento, esculpe un carácter, transmite valores y prepara para el futuro. Es una tarea enorme.
Es tiempo, maestra Delfina –tiempo que usted no tiene–, de impulsar una reflexión sobre el espacio de los profesores en una sociedad carcomida por la falta de dignidad, por el atesoramiento de basura y la imperdonable falta de lo que significa ser libres, tener y ejercer valores que nos lleven eficazmente a una plataforma civilizatoria.
Actualmente, la juventud es el blanco de una demagogia desenfrenada y constante; es justo el punto de mayor declive, ya que ignora lo sustantivo: para crecer, desarrollarse y ser productivos, los niños y los jóvenes no requieren de dádivas, hay que exigirles razonamiento y esfuerzo.