Elogio de la locura
¿Qué es lo que lleva al atraso y a la eventual destrucción de una población? Los pueblos son frágiles, hay que respetar sus equilibrios

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Nuestros días tienen el color y la temperatura de una marcada insatisfacción. Las cosas romas, al igual que las piedras agudas, marcan nuestro presente y anticipan el devenir.
En ciertos lugares, digamos en las islas del Pacífico como Numea o Tonga, es suficiente golpear la tierra con un palo para encontrar camotes o ver cómo caen naranjas y clementinas. Ahí no se ha inventado nada pues la tierra es rica y generosa. Podemos derivar de esto que, la condición de la civilización es una geografía difícil. Pero no en extremo como ocurre en la Antártida o en el Sahara.
Una necesidad para crear civilización es contar con un sistema capaz de mantener el orden que permita el equilibrio, un Estado. La civilización es hija de la desigualdad que sólo la política, la ley y la coacción la puedan conservar. Es una obra frágil donde el tiempo de construcción es largo, cubre varias generaciones y lo que lleva a la destrucción es rápido, tanto que a veces no nos percatamos de lo que está ocurriendo.
Sé que la historia jamás ha enseñado nada a nadie, pero sí las analogías, que son un privilegio del conocimiento, y la esperanza su debilidad. Así, hemos conocido múltiples retrocesos en los que la ciudadanía apenas si se dio cuenta de lo que pasaba. No sabemos por qué se destruyeron los reinos micénicos, ni por qué se perdió su escritura; por qué los griegos abandonaron el modo de vida urbano; por qué otra vuelta hacia atrás fue el medioevo europeo y cómo un pueblo culto, trabajador y hasta virtuoso como el alemán sucumbió ante la palabra del nacionalsocialismo.
¿Qué es lo que lleva al atraso y a la eventual destrucción de una población? Los pueblos son frágiles, hay que respetar sus equilibrios. Como decía Erasmo de Rotterdam en su célebre Elogio de la locura: si se maneja el lenguaje del odio sistemático, si se destruyen sus instituciones mediadoras, si se anula la confianza, si se rompen las obras difícilmente construidas, es inevitable que se rompa el equilibrio.
Entonces, con la estupidez, viene la locura.
Vivimos tiempos en que vemos desaparecer la confianza para establecer un pequeño negocio y, más visiblemente, la retención de inversiones para grandes empresas. Vemos que el sistema de salud carece de los recursos que las diversas enfermedades campean. Asistimos a gravísimas violaciones de leyes y reglamentos que nos daban cohesión e identidad. La violencia es la letra de cambio y la tolerancia a las bandas, las pillerías y los olvidos para los huérfanos, creadores y artistas es asunto común. Presenciamos que la mentira, la corrupción y la desbandada moral nos acosan toda la vida, desde al recién nacido o al científico, o al médico, o al anciano postrado. El cuadro es excesivo, pues toca los rincones más amplios al igual que los recónditos.
Tendríamos que tener como libro de cabecera el de Robert Musil, Sobre la estupidez, para tratar de entender nuestro tiempo actual. Esta obra nos tendería un puente con el de Erasmo de Rotterdam y entenderíamos que la principal característica de un cuerpo decadente es su incapacidad de generar sus propias defensas, su ceguera ante el retroceso evidente y admitir que, aunque se produzcan hombres capaces, ya no existe la capacidad de utilizarlos para ocupar puestos claves.
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¡Qué extraña época es está, la de la mediocridad y la decadencia!
Aquí vivimos bajo el discurso simple y llano de la verdad absoluta o la nada de la muerte. Como dijo Flaubert, “siento subir del fondo una locura irremediable”.