El desprecio por la educación pública
Si realmente se hubiera querido transformar a México, la primera prioridad podría haber sido la educación. Los pueblos no mejoran, ni siquiera se mantienen como antes si los gobiernos no alientan aquello que moviliza las conciencias, el talento y el esfuerzo sostenido. ...

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Si realmente se hubiera querido transformar a México, la primera prioridad podría haber sido la educación.
Los pueblos no mejoran, ni siquiera se mantienen como antes si los gobiernos no alientan aquello que moviliza las conciencias, el talento y el esfuerzo sostenido. La clave siempre ha sido transmitir, compartir, generar ideas y conocimientos de una generación a otra. Así es como se desarrollan los valores y las transformaciones.
Ser maestro es el oficio más bello que existe. Su misión es generar la curiosidad y la necesidad de conocer y apropiarse de conocimientos de otros para hacerlos propios y alcanzar la capacidad de pensar por sí mismo. Los maestros son el tejido transgeneracional, los encargados de relacionar los mundos atomizados para darles coherencia; son los encargados en crear las condiciones para equilibrar las potencialidades de niños desamparados con infantes privilegiados; nada menos, son los poseedores de la batuta mágica de crear civilización.
Los países que apenas hace seis décadas languidecían en el desamparo y la pobreza como China, Singapur, India, hoy son creadores de innovaciones y notable mejoría en sus respectivas poblaciones. Gracias a la educación libre, gratuita, esmerada, los países nórdicos y otros como Holanda, Francia, Alemania, Italia y en menor grado Chile, Islandia y Nueva Zelanda, propician creatividad científica y luchan abiertamente contra la ignorancia y la vacuidad.
Ser profesor de escuela es vivir en el reino de la vocación de servicio a los demás, es convertirse en un auténtico transformador. Y eso, justamente, es lo que podríamos haber esperado de un gobierno que se autocalificó como promotor de los pobres y defensor de sus derechos humanos y a la salud, un techo digno, un empleo recompensado y un futuro a cielo abierto.
La supuesta democracia no ha servido a los maestros mexicanos; cada vez que las puertas de las escuelas se han abierto, su nivel ha bajado.
Sus dirigencias sindicales y los gobiernos, uno tras otro, los han utilizado como promotores, hacedores y realizadores del voto. Los profesores han sido degradados una y otra vez. Los titulares de la Secretaría de Educación Pública no sólo carecen de calificaciones para ocupar ese puesto tan delicado y tan decisivo en la marcha del país; son tan sólo alfiles serviciales del poder en turno sin la menor autonomía y, lo que es peor, sin capacidad ni vocación de lo que es el proceso enseñanza aprendizaje. El nuevo oleaje que se acaba de anunciar pretende terminar con el coloniaje que supuestamente contenían materias que son ejes de transformación: matemáticas, física, química, biología, civismo y derivaciones sistémicas como inglés y computación. Esto será suplido con “saberes ancestrales” como marxismo, ideología de género, lenguas indígenas y obras de López Obrador.
Los enunciados no pueden, no quieren, ocultar un profundo desprecio hacia la educación creadora para sustituirla por mera propaganda. Presenciamos el comienzo de lo que será el divorcio entre el mundo y la escuela; entre la manipulación inmediata y la paciencia de la enseñanza. ¿Cómo queremos que haya mejores maestros si los que hablan en nombre de ellos están totalmente descalificados? Se está adaptando la escuela a la demagogia en lugar de hacer de la educación pública el centro de la transformación.