El berrinche de Echeverría
El expresidente hace un gesto que no alcanza a encubrir su desagrado. Son casi las doce de la noche y estoy seguro que iniciaré mi viaje al día siguiente sin tener la certeza de entrevistarlo; cierro la maleta cuando suena él teléfono: Le va hablar el señor Becerra ...

Raúl Cremoux
Otros ángulos
-El expresidente hace un gesto que no alcanza a encubrir su desagrado.
Son casi las doce de la noche y estoy seguro que iniciaré mi viaje al día siguiente sin tener la certeza de entrevistarlo; cierro la maleta cuando suena él teléfono:
—Le va hablar el señor Becerra Acosta, me dice Sandra. Pasan unos segundos y escucho esa voz que acostumbraba entrar de lleno:
—¿Ya estás listo?
—Quihubo, Manuel, ¿cómo va la cita?
—Te tengo buenas noticias, finalmente Echeverría aceptó; lo entrevistas el próximo miércoles.
—Estupendo, quiero inquirirlo, saber qué pasó.
—No te hagas muchas ilusiones. Es un jabón. Algo te ayudará lo veas fuera del país; sin escoltas militares, la bandera no estará a su lado ni la traerá en el pecho. Eso aunque sea mínimamente y por momentos los nivelará… mi secretaria te dará la dirección y los teléfonos. Que tengas buen viaje y espero un gran texto, au revoir.
De acuerdo con lo confirmado, tres días más tarde, Luis Echeverría me propone pase a su oficina a las once de la mañana en un edificio circular donde él representa a México ante una vasta burocracia internacional destinada a la educación y la ciencia; la UNESCO.
—Ahora tengo un balcón diferente, pero privilegiado, desde el que se ven cosas muy, muy importantes. Todas trascendentes, eh.
—Qué bueno licenciado, pocos paisanos pueden decir lo mismo.
Echeverría camina hacia la oficina que le corresponde; me invita a acompañarlo a donde creo se desarrollará la entrevista. Habla con un par de asistentes y llegamos ante una especie de asamblea. Algunos delegados hacen anotaciones, otros bostezan y otros simulan interesarse en manojos de papeles que tienen enfrente. Echeverría me invita a sentarme junto a él y me dice: ¿quiere unos audífonos? No los necesito, gracias. Constato no habla inglés ni francés a pesar de tener más de siete meses en París. ¿En qué empleará su tiempo?
Encuentro la sesión monótona y aburrida. Una nube de sopor invade la sala, pero él está atento o parece estarlo ante lo que dice el delegado de Zambia. A mi vez le extiendo una nota: “Lo espero afuera”.
Pasan unos veinte minutos mientras me entretengo contemplando los muros con las espléndidas figuras de Chagall. Aparece Echeverría acompañado de un chaparrito vestido obviamente de gris.
—Mire amigo, me dice a mí, le presentó al doctor Jiménez que es un erudito, un verdadero sabio en cosas de la educación. Le ruego platique con él ya que ahora voy a atender unas llamadas muy importantes.
—Mire, licenciado, si usted no tiene tiempo, entonces dejamos la entrevista para otro día. Yo estaré 15 días en París…
—No, no, hoy la hacemos, sólo le pido quince minutos.
Echeverría se va apresuradamente y el chaparrito me sonríe.
En efecto, unos veinte minutos después llega el expresidente y me dice: —Permítame invitarlo a comer, mi amigo, aquí adentro hay un buen comedor, le va a gustar.
—Se lo agradezco, pero si comemos juntos será en un magnífico lugar que seguramente usted no conoce.
—Es probable porque salgo poco, ¿cómo se llama?
—Se llama La Closerie de Lilas.
—No, no lo conozco
Mercedes Benz negro de por medio ahí llegamos. Echeverría se deja llevar. El menú y la carta de vinos le resultan un jeroglífico indescifrable.
—Pida usted por los dos, por favor, solicita amablemente.
Así lo hago y tan rápido como se ha ido el mesero con la orden, extraigo la pequeña grabadora de uno de los bolsillos del saco.
—¿Qué le parece que platiquemos licenciado?
—Muy bien, pero le advierto lo que le dije al director de Unomásuno, don Manuel Becerra Acosta, yo ya no soy noticia. Hace una mueca de la que quiere, pero no puede salir una de sus sonoras carcajadas. Me da la impresión de una marioneta.
—Es probable, pero a mí y mucho público nos interesa saber algunos puntos que permanecen en la oscuridad.
—¿Cómo cuáles? Sube el tono de su voz cuando exclama: en mi gobierno nunca hubo puntos oscuros.
—Me interesa saber su participación en la masacre de Tlatelolco, los actos de los llamados halcones para hacer caer al regente Alfonso Martínez Domínguez y lo ocurrido con el periódico Excélsior.
El expresidente hace un gesto que no alcanza a encubrir su desagrado. Justo aparece el mesero con una preciosa botella de Pomerol y está presto a verter un poco en la copa del expresidente para que la deguste. Echeverría interpone la mano y con un gesto rudimentario aprieta los dientes e indica me sirvan a mí.
Acerco mi copa, me inunda un extraordinario olor a madera mezclado con frutas secas, taninos aterciopelados y saboreo con deleite el primer trago.
El hombre que tengo enfrente no ha dejado de mirarme detrás de sus lentes bifocales. Está incómodo y sin que le pregunte, me dice:
—A usted lo llamé porque supe que le interesaba corregir el rumbo de la radio y la televisión. Como ve hice lo que pude, como le consta, intervinieron varios miembros de mi gabinete. A usted lo apoyaron los licenciados Moya, Ojeda Paullada, Fausto Zapata…
—Le falta mencionar a Javier Alejo, Méndez Docurro, García Ramírez, Merino Mañón, Lira Mora, González Pedrero. Yo no era funcionario ni aspiraba a cargo alguno, escribía para Excélsior, revista Siempre y varias europeas, daba clases en la UNAM y acudí cuando usted me llenó de halagos, me dijo era un especialista y experto social; dijo quería instrumentar un plan de reivindicación de esos medios.
—Para que vea, fueron muchos funcionarios que querían que así fuera; tener un cambio.
—No se hizo nada. Usted me enfrentó a Moya Palencia, usted me pedía le dijera cuántas y cómo eran las violaciones a la Ley Federal de Radio y Televisión para entretener a Moya mientras gestaba el destape de López Portillo.
—Mire, llegué hasta donde pude. Enfrenté muchas cosas que usted no imagina.
Echeverría está inocultablemente molesto. Frente a él hay un tipo que no lo entrevista, sino le reclama. Bruscamente cambia de rostro y tema:
—¿Qué estamos comiendo?
—Una ensalada de endivias y un confit de canard.
El licenciado me mira fijamente. A leguas se ve no entiende lo que le acabo de decir, pero le gusta lo que está en su plato. De tres o cuatro bocados inmensos acaba con las porciones. De ahí pasa a beber un pequeño sorbo de vino para rematar con un par de vasos de agua simple. Quien no lo conociera podría pensar que es un asceta.
Deliberadamente tomo más tiempo de lo acostumbrado para gozar la comida y el excelente vino Petrus que él va a pagar. El ambiente, escuchar otro idioma, otros olores, ver otros rostros, me hacen olvidar que el sujeto frente a mí, hace apenas dos años y medio era el poderoso inmortal que a México mangoneaba.
—¿Qué le impidió, señor licenciado, pasar a la historia con letras mayúsculas?
—Le repito que llegué tan lejos como el país lo permitió. En el tema de radiodifusión que a usted le preocupaba, los intereses en contra ni se los imagina.
—Entéreme, ¿cuáles fueron?
—Muchos y poderosos.
—Licenciado, estamos en París, póngales nombre y apellido.
—Fuerzas de dentro y de fuera, los sionistas que me boicotearon en un momento clave y que atravesaron como una raya todos mis proyectos del último tercio de mi gobierno. Los aviones de Aeroméxico llegaban vacíos de Nueva York, los inversionistas huyeron, nos desestabilizaron y corrieron el rumor de que yo era comunista.
—Bueno, también se dijo, y no sin razón, que la corrupción era como el aceite que lubricaba toda la maquinaria gubernamental.
—Mentira, mi gobierno no fue corrupto, fue nacionalista, y eso afectó a muchos, los terratenientes de Sonora y del Bajío; los banqueros se llevaron millones de dólares y, entre otros, los dueños de las estaciones de radio y televisión.
Apuro una copa de un vino de los mejores de Francia que por primera vez degustaba y con ánimo afirmé:
—Usted tenía una inmensa capacidad de respuesta. Las concesiones eran federales, bastaba con hacerlos cumplir la ley del ramo y la Constitución.
—Mire, amigo, usted tiene elementos para interpretar, sea analítico…
—¿Por qué no llevó a cabo lo que usted me dijo haría al analizar el plan que le presenté?
—Nunca le hice mal a nadie. Simplemente dejé de llamarlo, porque no quería desilusionarlo. Usted estaba en la creencia de que el presidente lo puede todo. Su ingenuidad me conmovía.
—Está usted confesando su manipulación. Su desinterés por lo que usted decía era importantísimo. Si en mi había ingenuidad, en usted hubo perversión y esto es válido para los casos que usted ha eludido tratar y lo perseguirán siempre: Tlatelolco en el 68, los halcones en 71 y Excélsior. Aproveche este momento y aclare todo eso. Lo escucho.
—¡No tengo que dar explicaciones y usted es nadie!; me retiro.
—Aún faltan los quesos y el café. Los cuestionamientos que yo le hago son nada comparados con los que otros quisieran hacerle.
Echeverría se queda sentado como estatua sin atreverse a mover un músculo; me recuerda las gigantescas cabezas olmecas. Llega un mesero y ni pestañea. No pide la cuenta. Lleno parsimoniosamente mi copa, la disfruto y lo veo de frente. Se que está fingiendo, pues su supuesta irritación es un biombo para no responder más allá de lo que ha dicho. Llamo al capitán de meseros, pido la cuenta y le digo agregue 50 por ciento de propina. El señor de enfrente a mí es quién pagará. Unos minutos de silencio entre los dos y pongo mi mirada en dos mujeres atractivas en la mesa de enfrente. Él no sabe de eso. Traen la factura y Echeverría saca un buen fajo de francos y mientras cuenta los billetes le digo:
—No debería molestarse con alguien que usted dice es nadie. Lo que he tratado de saber, ya lo he obtenido: usted manipuló la oportunidad de hacer medios de difusión masivos que impulsarán el arte, la educación y el talento para sumergirlos en el mundo del mercantilismo. Lo acontecido en el 68, los halcones y Excélsior lo perseguirán. Me da usted mucha pena.
—Nuestro paso por las instituciones es accidental y usted lo sabe; al decirlo pone los ojos en el infinito, como cuando presidía una tras otra aquellas inútiles reuniones que poco o nada resolvían.
Esta entrevista se publicó en el diario Unomásuno el 21 de junio de 1978 y está recogida junto a nueve episodios en el libro Nada como el poder, bajo el sello de Oceáno en marzo de 2002. Entrevista y libro fueron enviados al domicilio de Luis Echeverría. Nunca respondió.