Desde la cúpula, se desgaja la democracia

Nos costó mucho tiempo, esfuerzo y sacrificios llegar a darnos un sistema de vida que se basa en un supuesto generoso: todos los hombres son iguales. Honra nuestra humanidad y nuestro proyecto de sociedad al pensar que todos valemos lo mismo.Como cada poder, la ...

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

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Nos costó mucho tiempo, esfuerzo y sacrificios llegar a darnos un sistema de vida que se basa en un supuesto generoso: todos los hombres son iguales. Honra nuestra humanidad y nuestro proyecto de sociedad al pensar que todos valemos lo mismo.

Como cada poder, la democracia necesita contrapoderes y entre todos, el más efectivo es la ley, aquella que contempla el largo plazo y que se llama Constitución. ¿Qué ocurre cuando alguien la viola? Se convierte en enemigo de la sociedad. Lo hacen los abusivos y los criminales. Lo hacen los violentos narcotraficantes y lo presumen los poderosos que la pisotean.

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Hoy la democracia mexicana suena como el eco de nuestros desencantos, lo notamos en la desafección y el desdén general hacia la vida pública, pues la promoción del individuo que significa todos valen lo mismo, ha acabado por significar lo contrario: todo se vale.

En los hechos, el que el secretario de Gobernación, el jefe de la Guardia Nacional, miembros del gabinete, la jefa de Gobierno de la CDMX y sus subalternos dediquen tiempo y herramientas del servicio público a promover un ejercicio de votación popular que expresamente la Constitución prohíbe hacer, es pisotear el eje de aquello que nos une y conforma nuestro sentido de patria.

En esta acción, la autoridad civil involucra a las Fuerzas Armadas. Lo que se había logrado contener desde el régimen de Miguel Alemán al acotarlas a rendir en tareas específicas de salvaguardar la soberanía nacional y colaborar en tareas de salvamento a la población civil, han sido desbordadas en un sinfín de tareas ajenas a su vocación castrense. Lo que es peor, a involucrarlas en tareas partidistas; es decir, ideológicas.

El daño se consuma cuando el jefe del Ejecutivo hace un énfasis particular al hacer uso de todos los medios a su alcance para decir que los ministros de la Suprema Corte (un poder ajeno) “hacen pura fundamentación legal y no van al fondo del asunto” y tomando aire exige: “… que no me vengan con ese cuento de que la ley es la ley”.

La afirmación nos pone a un paso del despotismo. Ya no hay nada que contenga los deseos, las inclinaciones y las decisiones de quien afirma que nada lo puede limitar. Si la Constitución ya no es tomada en cuenta, si los contrapoderes como el Legislativo y el Judicial no tienen relevancia, ¿qué podemos esperar; cómo y por quién vamos a ser orientados y conducidos?

La Constitución está para inducir a la sociedad, impulsar su desarrollo, va de la mano con la escuela; ambas educan, pulen, marcan senderos y formas de alcanzar una meta común. Si esto falla, vuelven a surgir viejas resistencias y renace lo que pensábamos dominada: la bestia arcaica, voraz, indomable y violenta del desorden y la sinrazón.

¿Qué nos ha pasado? Tenemos que encontrar la razón mayúscula, radical, el umbral que nunca debimos de pasar. Más allá de esto, la ciudadanía civilizada y coherente, sin freno constitucional, deja de funcionar y comienza lo irracional, las acciones aleatorias sin relación ni comprensión. La cohesión social se desmorona. Los individuos se instalan en el pandillerismo, la indiferencia, sin identidad colectiva, volvemos al primitivismo.

Si dejamos que esto continúe, obtendremos la revancha de la especie sobre el espíritu, una vuelta a las leyes de las termitas. Lo opuesto de la civilización. Cambiar las cosas supone nos demos los medios de un control inteligente y activo a través de acciones legislativas y culturales.

¿Tenemos esas capacidades?

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