¿De veras vivimos en una democracia?

La democracia necesita contrapoderes

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

En la antigüedad, la inmensa mayoría de los pensadores desaprobaba la democracia y ofrecía toda una gama de justificaciones a su actitud, así como un amplio abanico de contraposiciones. Casi la totalidad de los filósofos clásicos se opuso a este tipo de régimen. Sócrates fue asesinado por oponerse y Séneca decía: “la aprobación de la multitud, del vulgo, es indicio de que la cosa está mal”. Homero llegó a decir: “En la democracia, difícilmente representará a sus contemporáneos el más sabio, sino aquel que más se le parece, que habla como si supiera, aunque sea un ignorante”.

Plutarco se declaraba sorprendido de que, entre los griegos, los ignorantes y mal vivientes eran quienes decidían. Píndaro escribe: “Mientras más grande la masa de hombres, más ciego su entendimiento”.

Tucídides expone cómo toda la política ateniense se explica por la actitud de complacencia que tuvieron los hombres de Estado hacia los deseos del pueblo. Demóstenes dice que los oradores no deben hablar en el sentido de lo que gusta y jamás agradar a la multitud, sino serle útil.

En 1794, cinco años después de la Revolución Francesa, Wordsworth escribía: “pertenezco a esa clase de hombres llamados demócratas y veo que hombres ignorantes puestos a hablar y actuar en nombre de otros, son un verdadero desastre”. En El antiguo régimen y la Revolución (1856), Alexis de Tocqeville nos dice: Tengo por las instituciones democráticas una simpatía cerebral, pero tengo un gran temor del pueblo; no veo cómo se puedan generar las grandes individualidades.

Hoy repetimos a la menor provocación la frase de Winston Churchill, “la democracia es el peor de los regímenes… si exceptuamos a todos los demás”. Fue hasta fines del siglo XVIII cuando en Francia se empezó a hablar de una república democrática teniendo como piedra angular a la educación gratuita, universal y obligatoria. Para poder hablar, había que saber, es decir, pasar por la escuela. Sin conocimiento no hay democracia.

Henry David Thoreau, en su libro El Manantial, dice que, en las democracias, “la gente se deja convencer por la incoherencia y la irresponsabilidad, se deja dominar por el placer de escuchar. Mientras más alabadores son los que tienen tribuna, son más aceptados y así vemos que cuando la palabra se suma a un espíritu insensato para persuadir a la masa, esto se convierte en una desgracia para todos. Comenzando con quienes escuchan”.

La democracia necesita contrapoderes. El más efectivo es la ley, después vienen las instituciones que enmarcan la sociedad: los partidos, sindicatos, universidades, asociaciones que son intermediarios para procurar el bien común. En suma, sufragio claro y otros poderes, como legisladores y jueces. Hoy, los grandes debates de la República no ocurren en las escuelas, los sindicatos ni en las organizaciones no gubernamentales. Esto ocurre todas las mañanas en la televisión. Carecemos de “diálogo”. Lo que significa construcción social, contrato, ciudad, civilidad. Es decir, decaen los intermediarios y llegamos a la democracia de opinión, lo cual habla de una etapa decadente. Sólo se expresa el más fuerte.

Vivimos en un país donde nada garantiza la primacía de la verdad. Mentimos sin cesar; mentimos porque no hay razón suficiente para decir la verdad. Vivimos en una perdida noción de lo verdadero y lo falso. Esa ilusión está ahí en la vida real, en la prensa, en la justicia.

Somos una sociedad propicia para las construcciones autócratas, ya que el hombre que miente postula que su interlocutor hace lo mismo. Vivimos en un universo de mentira generalizada que desgasta, carcome y niega a la democracia su dimensión válida y esencial.

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