¿De qué tanta libertad gozamos?

La libertad tiene un precio.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

Cuando Chateaubriand exclamó que sin libertad “no hay nada en el mundo", no era solamente un propósito literario; expresaba una verdad superior, frecuentemente manoseada, ya que lo mismo la usan redentores que fifís bajo una nube de autoritarismo que pretende darnos un orden moral asfixiante.

El llamado Estado de derecho, cuyo principio ha sido concebido para que ni el gobierno ni los temores del pueblo escapen al fundamento claro, evidente que no es posible sin la libertad. Y esto que es toral desde hace años, de manera subrayada en los últimos, pareciera no afligir a muchos.

Entre la violencia desatada en mil formas hasta la ausencia de verdaderos debates y de ideas que marquen el rumbo de millones de seres, nos hemos acostumbrado a vivir sin auténtica libertad. Tanto, que un día vendrá en que, de nuestra bandera, remplacemos el color blanco de en medio por un color grisáceo. ¿Alguien lo advertiría?

Aceptamos sin impaciencia que una larga y bien nutrida marcha, con sus espejos flotantes en más de una veintena de ciudades, sea vista con desdén por nuestros gobernantes cuando debieran congratularse de un espíritu ciudadano que hace gala de su civilidad para defender a una institución. No se protestó ante la candente flama de la carestía o el gélido témpano que acompaña a la falta de medicinas; tampoco fue una demostración de huérfanos y viudas ante los más de 130 mil asesinados y desaparecidos. Fue un acto, o serie de actos libertarios.

Todos, los unos y los otros podríamos celebrarlo. Todos, pensaríamos que gozamos de una libertad consagrada no solamente en la Constitución, sino en el fondo de nosotros mismos. ¿Por qué eso no ocurre, qué nos hace ser parciales y estigmatizar? Pienso en que hemos invertido los términos: somos ciudadanos antes que electores. La libertad tiene un precio, y si exaltamos el grito, la injuria, la calumnia o el gobierno pueda elegir a sus oponentes, ese precio sube mucho más que la inflación que amenaza con ahogarnos.

La libertad no es una graciosa concesión del poder ni una facultad susceptible de ser reducida, controlada ni en su amplitud ni en su naturaleza. No es un privilegio, es una conquista que data desde los cromañones y los nendertales. ¿Lo vemos así o es una entelequía?

El antagonismo entre gobernantes y ciudadanos es un pilar en la democracia sostenida por la libertad. Esto desaparece o tiende a disminuir considerablemente cuando desde arriba se pretende ejercer una ideología, cualquiera y con el signo que se prefiera. No hay diferencia, es la opresión. Es aquello que trata de modificar y hasta pulverizar nuestra libertad de pensar y actuar de acuerdo con nuestra conciencia.

Bien expresado está en los textos de la Revolución Francesa de 1789 y en la de Estados Unidos, así como en una treintena de países, incluidos el nuestro, con palabras semejantes: “La meta de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. La garantía individual de derechos es la finalidad misma del contrato social”. Esto muestra que nuestros predecesores esperaban mucho más que la satisfacción de sus deseos particulares. Querían un orden que reconozca El principio intangible de la libertad en una sociedad armónica y justa. ¿Qué nos falta para alcanzarla?

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