¿Cuál es la importancia de las marchas?

El derecho a manifestarse es un derecho básico.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, dos profesores de Harvard, nos entregan un análisis profundo de Cómo mueren las democracias y no es difícil ver que conocemos ya el camino. No le dan mucho espacio a dictaduras como la de Pinochet en Chile o Franco en España. Se interesan en el continuo desgaste de los sistemas constitucionales, como el de Turquía con Erdogan, el Brasil de Bolsonaro  o el de Nicaragua con Ortega.

La democracia que estudian no es la que muere por un golpe de Estado o una revolución, sino aquellas que van descendiendo con un lento y progresivo debilitamiento o destrucción de las instituciones esenciales que conforman una democracia, como son los derechos humanos, la libertad de prensa, los accesos a los sistemas de salud, el decaimiento de la educación, la anulación del sistema jurídico, el deterioro de la verdad gubernamental, impedir las manifestaciones públicas y el abandono de políticas que garanticen la alimentación.

Una característica que conforma un denominador común es el populismo que adopta diversas tonalidades y lo mismo se tiñe con los colores de supuestas ayudas sociales que vigoriza la fuerza de elementos armados o de una educación ideologizada disfrazada de nacionalismo a ultranza.

Los profesores harvarianos indican que el número de democracias ascendió de manera relevante durante los decenios de 1980 y 1990. La caída de la URSS marcó un hito y permitió que numerosos partidos políticos pensaran que el autoritarismo había dejado de fascinar. Nunca se pensó que la democracia sería incapaz de resolver problemas antiguos e inerciales como la pobreza, la corrupción o la ignorancia que han terminado por decepcionar a gajos importantes de las diferentes poblaciones.

Ziblatt y Levitsky indican que en los países en donde ocurre el peligro de que muera la democracia, la oposición debe concentrarse en ganar el Congreso, los tribunales, ejercer su aparición y darles continuidad a mítines, marchas, plantones y, por supuesto, ganar elecciones. El derecho a manifestarse es un derecho básico y una actividad importante en cualquier democracia, y su objetivo debe ser la defensa de los derechos y las instituciones.

Las manifestaciones de personas negras en los años 60 revelaron en EU que las protestas pacíficas reforzaron los programas y ampliaron el apoyo de la opinión pública. Asimismo, se ha visto en países como Chile y Francia que las coaliciones o alianzas más eficaces son aquellas que congregan a grupos con concepciones diferentes, incluso discordantes, sobre todo tipo de asuntos. Las verdaderas uniones y con posibilidad de triunfo, no son las que se hacen únicamente con amigos o grupos afines a algún eslogan o puntos de vista semejantes. Son las que se construyen entre adversarios.

Cuando esto último se logra, las posibilidades de realizar un programa que vincule a la población con las dirigencias adquiere el sentido que lleva al logro de repercusión mucho mayor al mismo tiempo que brinda la oportunidad de obtener más adheridos a lo que puede convertirse en “la causa”.

Las marchas refuerzan ideas semejantes, pero, sobre todo, permiten la identidad al reforzar la suma de presencias y adquirir el carácter unificador ante lo que se persigue. La diversidad de géneros, distintas edades, oficios, actividades de todo orden le da sentido y orientación a lo que se creía individual y hasta íntimo para alcanzar la potencialidad de grupo, partido y gobierno.

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