Corredores humanitarios, refinada perversidad

La invasión yanqui a Vietnam fue la primera guerra que llevó directamente a los hogares de Norteamérica los horrores que cometían sus soldados lanzando bombas de napalm, arrasando poblaciones y perpetrando asesinatos bajo el supuesto de defender la libertad y la paz ...

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

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La invasión yanqui a Vietnam fue la primera guerra que llevó directamente a los hogares de Norteamérica los horrores que cometían sus soldados lanzando bombas de napalm, arrasando poblaciones y perpetrando asesinatos bajo el supuesto de defender la libertad y la paz mundial.

Las imágenes fueron creando la conciencia que llevó a nutrir las más grandes manifestaciones de protesta en la Unión Americana contra su propio gobierno pidiendo primero y exigiendo después que se detuviera una guerra en la que sus tropas no podían distinguir entre el vietnamita malo del norte y el vietnamita bueno del sur. De ahí el periplo de Henry Kissinger, entonces secretario de Estado, por todo el orbe para llegar hasta China para buscar cómo salir de esa gigantesca locura.

Vinieron las pláticas en la avenida Kléber, a dos cuadras del Arco del Triunfo en París, entre Le Duc tho representante de Ho ChiMinh y Averel Harriman representante de Lyndon Johnson B. para negociar la salida de los yanquis y tener en Estados Unidos, un regreso sin gloria.

Evidenciado que tan importante es el poderío de las armas como la guerra de la verdad, Putin ha buscado que la población rusa no se entere bien de lo que ocurre en su “intervención especial” en Ucrania para tratar de evitar que crezcan las manifestaciones que se dan en Moscú y en nueve ciudades rusas. Ya van más de once mil detenidos por el delito de exigir se detenga la masacre ucraniana.

Una invasión militar, con la pretendida justificación que sea, siempre tiene una gestación emocional patológica: asesinar bajo el resguardo de la bandera nacional y del impulso de sus dirigentes.

La idea del “corredor humanitario” es semejante a detener un poco el estrangulamiento de un ser vencido para que respire un momento mientras continúa la agonía. Operar “quirúrgicamente” el bombardeo, el impacto de los misiles, el arrasamiento de los tanques y el ametrallamiento de seres vivos equivale a poco a poco ir destrozando a una población que patalea su infortunio.

Primero se le cortan los dedos de los pies para impedirle caminar, después se le pincha el vientre para desangrar, viene después reventar los pulmones, cortar las arterias, lenta, quirúrgicamente, para eso es el bisturí, extraer los riñones, y las placas dentales…

Los corredores humanitarios significan una pausa en el sacrificio y sirven bien para mostrar que mujeres, de preferencia embarazadas o cargando un par de críos, algunos niños caminando y ancianos con muletas son alejados del olor a la gangrena. Podrán llegar a una frontera para estar medianamente a salvo. De ahí buscarán alimento, un techo y relativa seguridad mientras los hombres continúan tratando de detener tanques y artillería pesada, aérea y transportada con rudimentarios cócteles molotov.

Sí, esto es un ejemplo de los refinamientos de tortura y villanía a los que llega el ser humano, cualquiera que sea su nacionalidad. Para eliminar cualquier resquicio de duda ahí está el botón nuclear.

Y el mundo, todo, contempla, hace videos, toma fotografías terrestres y satelitales de cómo un país se tritura, el espectáculo que ofrecen las profundas heridas y relamerse en los borbotones de sangre. Mientras, en los salones alfombrados, con retratos y pendones, en sillones cómodos y rodeados de micrófonos y fotógrafos, el supremo dirigente de rostro grave, pronuncia frases grandilocuentes. Él sabe que junto a otros, son los dueños de los bombarderos, de los cañones y de los submarinos.

Intensamente goza de la barbarie.

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