¿Cómo reaccionamos ante esto?

Vivimos actualmente entre afirmaciones que se pronuncian como si fueran evidentes.

Raúl Cremoux

Raúl Cremoux

Otros ángulos

Cualquier punto de nuestro presente, el que se toque, representa retroceso o supresión. Sabemos que no existe una oposición que incida en una propuesta clara y atractiva; la resistencia que ofrece la prensa carece de respuesta, y los organismos autónomos, que justamente representaban una barrera de contención a lo que era una presidencia imperial, han sido trastocados o vencidos.

Vivimos lo que un analista agudo califica como: una dictadura blanda. Eso me remonta a lo que Vargas Llosa, en el siglo pasado, dijo del PRI: “Una dictadura perfecta” y, más certeramente, a lo que se conoció como la dictablanda etiquetada a la dictadura de Berenguer, que fue el último periodo de la restauración borbónica y del reinado de Alfonso XIII en España.

¿Cómo hemos llegado a vivir en esto; por qué toleramos un clima de incertidumbre y desasosiego frente a la violencia, el abatimiento de empleo, más de 600 mil fallecidos por covid, descenso de la clase media y aumento creciente de la pobreza?

Una sociedad no está compuesta por creadores, artistas con mayúsculas o seres originales; éstos son la excepción. Vivimos actualmente entre afirmaciones que se pronuncian como si fueran evidentes, emanan de personas, cuya razón, sabiduría o talento son sumamente dudosos pero que ocupan un lugar que les permite ser escuchados. De conocido, por la repetición, se vuelve reconocido y lo que es más grave, avalado y aceptado. Es el rasgo fundamental de la propaganda que conlleva la dictadura… blanda, por supuesto.

Vivimos y descansamos sobre distorsiones extremas que llegan a formar un abismo entre el país real y el país del control mediático. La presión machacona, constante, agresiva, logra acallar a la gente, al mismo tiempo que les brinda la oportunidad de integrarse y “ser como todos”.

El conformismo domina a los mexicanos. Así vemos que el dominio de la razón pública es poderosa y estructuradora. Uno se siente ligado al grupo mayoritario, parece que le debemos nuestro destino. La pertenencia se oficializa para que todos nos transformemos en siervos de la nación, adoradores ex officio de un solo hombre. La opción es clara, el desamparo o caminar al mismo paso que los demás. Aquí nace y se desarrolla el conformismo. Es mucho más fácil integrar a aquel que se parece a todo el mundo que a aquel que es diferente. El individuo teme perder este sentido de pertenencia, prefiere perder parte de su juicio, calla, otorga y trata de persuadirse de la veracidad de la opinión de quien todos los días le dice cuáles y cuántos son los datos que debe avalar y tragar para evitar el aislamiento. Nadie quiere ser excluido. Si la ideología reinante es “la transformación”, el que exprese otras ideas, será tachado de retrógrado o conservador.

Ser un analista o crítico es saberse condenado a la burla o al desprecio. Al inconformista se le obliga a dejar su círculo, es una ejecución simbólica. La víctima pierde parte de su dignidad y el reconocimiento de los demás. De ahí que la autoridad suprema es tan fuerte que puede actuar en contra de las leyes, volviéndose más fuerte que ellas.

Esto opera no sólo con los más humildes e ignorantes, circula bien con graduados, profesionistas, encumbrados, y siembra la misma semilla con niños y jóvenes. Se le conoce como conformismo social. Obedecer a la referencia masiva, a la autoridad de conjunto, es abdicar al criterio propio, a pensar por sí mismo. Es dar espacio y lugar preferente a existir como un reflejo en la mirada de otro.

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