Comencé a escribir en Excélsior desde 1967 cuando Julio Scherer me invitó a tener mi columna El tercer ojo. Escribía sobre cómo lo enseñado en las mañanas en la escuela, era desconfigurado y barrido en la tarde por la televisión. Luego realicé entrevistas a escritores como Miguel Ángel Asturias o celebridades como Salvador Dalí y, más tarde, desde el extranjero, con François Mitterrand y otros mandatarios. La lista, como ustedes saben, es larga.
He escrito en diversos diarios y revistas de género muy diversos y mis libros comienzan con la edición de mi tesis y recién terminan con el libro sobre Cáncer, un reto que podemos vencer. Ustedes conocen este recorrido y otras andanzas, pero hoy quiero hacerles una confesión: nunca había estado aturdido al escribir un texto. Me complacía saber lo que hacía: investigar, cotejar, comparar y preparar el texto. Hoy trato de hacer lo mismo y no lo logro. Me rodean mil interrogantes.
¿Cómo es que Claudia Sheinbaum obtuvo más votos que Andrés Manuel López Obrador? Sus méritos, por más que busco, si los hay, son muy limitados. Cierto, compitió teniendo todo a su favor, dinero, tiempo, gobernadores, militares, un partido, Morena, compuesto con las sobras de Acción Nacional y los deshechos del PRI.
Tuvo acceso a todo el capital de Morena y el apoyo permanente del Presidente de la República. Perder así se antojaba imposible. En consecuencia, ganó la elección, pero, ¿por esa cantidad de votos? Inexplicable. Representa a una administración inepta para las tareas gubernamentales y muy buena para manipular cifras, situaciones y hechos que se refugian en el imaginario de otros datos.
Claudia podía haber sentido el rechazo de los parientes de los más de 800 mil fallecidos por el pésimo manejo de la pandemia o de los casi 200 mil muertos por los criminales que pululan en el país. No fue así. Y qué decir del sinnúmero de caídos en el sistema de salud por carecer de medicinas, médicos y equipos sanitarios. También pudo haber sido malquerida por el ejército de viudas, huérfanos y parientes de tantos desaparecidos, destrozados y lesionados en la cuenta negra de esta administración. ¿Y la creciente montaña de mujeres violadas y menores baleados? En otras naciones eso la habría descalificado.
Ustedes, hijos y nietos, nunca han contado con el apoyo franco, honesto y efectivo de soldados, guardias nacionales o policías. Se han salvado de la violencia que recorre el país al igual que la ideologización hacia el socialismo que, entre otros, ha propuesto la Secretaría de Educación Pública, por mera suerte.
Juntos hemos visto un listado grande de errores y contubernios realizados en las obras públicas, el desfile de escándalos ligados al narco es innumerable. Todo esto, por increíble que parezca, parece haberla favorecido. Con todas las ventajas a su favor hizo trizas la leyenda de David y Goliat que muchos alentábamos. Los comicios se impusieron sobre la razón para dar lugar a una realidad que se me escapó por vivir en una burbuja, donde nunca valoré correctamente más allá de mi mesa de trabajo, la abismal desigualdad social, la brutal incertidumbre en que viven millones de connacionales y que este gobierno aprovechó para hacerles sentir que los apoyaba contra conservadores y fifís.
Podría extenderme, pero no tengo espacio; tengo, eso sí, una enorme tristeza, porque lo que viene es lo opuesto a lo que quise heredarles: un país libre, próspero, educado, sano; sobre todo justo y con la permanente búsqueda del trato igualitario.
Hijos y nietos, no les heredo eso, lo siento mucho.
