Arturo Ripstein se adelantó medio siglo
Una doble moral impera en El castillo de la pureza.

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Con el propósito de celebrar los 50 años de su película El castillo de la pureza, algunos amigos nos reunimos con Arturo Ripstein. El psiquiatra José Newman le preguntó sobre la hechura del guión. Arturo nos platicó de una reunión con José Emilio Pacheco sobre el caso de un individuo que tuvo encerrada a su familia durante 18 años hasta que, gracias a un ardid de una adolescente, todos fueron rescatados.
Los dos, José Emilio y Arturo decidieron hacer la película que bien recordamos tuvo a un personaje que se propone salvar la familia de la corrupción, la vileza y la maldad de México.
El personaje encarnado por Claudio Brook debe tenerlos encerrados para que crezcan en medio de la virtud y el deber. A su vez, se vengará de lo que el mundo le ha hecho, rechazos y falta de reconocimiento.
La mujer (Rita Macedo), lo tolera y en su disonancia cognitiva sabe que el personaje está mal, pero perdona la violencia que el tipo ejerce sobre ella y sus hijos a quienes maltrata, encierra en un sótano a la menor falta. Ese individuo está imbuido de heroísmo, se ve a sí mismo como un salvador de esa familia.
Ripstein, laureado director de una extensa filmografía en donde destacan El lugar sin límites, La perdición de los hombres, El imperio de la fortuna, reflexiona sobre cómo El castillo de la pureza se parece tanto a una realidad que hoy vivimos, donde impera la violencia, la descalificación, la humillación y la patética confusión que hoy nos pone entre la fatalidad y el delirio.
Este fue el caso de Rafael Pérez en 1970, quien declaró al ser detenido que así protegía a la familia, y bautizó a sus hijos como Soberano, Bienvivir, Utopía, Libre, Indómita. Incluso llega a dictar la dieta compuesta de agua, frijol y avena como regla de bienestar. Obtenía dinero al preparar raticida e incluso lo probaba con sus hijos y cuando salía a la calle, no dudaba en constatar para sí mismo que allá afuera reinaba la corrupción, la politiquería y la vileza. Aunque eso no le impedía frecuentar prostitutas.
Una doble moral impera en la película: rigor, amenaza y castigo en las pequeñas fallas de sus hijos, pero disfrute allá afuera.
La cinta obtuvo premios en la dirección, el guion, la fotografía, actores principales con la distinción máxima de los Arieles.
El doctor José Newman indica que para hacer un diagnóstico se requieren tres elementos: la relación médico-paciente, historia clínica y resultados de laboratorio, pero aun sin esos elementos cabe hablar de una Impresión Diagnóstica, que bien puede ser delirio sistematizado, megalomaníaco. El delirante utiliza un lenguaje amenazador y autoritario. A todos afecta y crea un espacio donde anidan aquellos que comparten y usufructúan su delirio.
Le pregunto a Newman, ¿podrías citar ejemplos de este trastorno? El psiquiatra responde: Perón, Franco, Calígula. Me quedo mudo.
Cualquier semejanza con la realidad, dicen los amigos de Ripstein, es producto del rigor psiquiátrico… o de la realidad. Lo cierto es que es una película reveladora de una ingrata y peligrosa patología.
A mis lectores: esta columna volverá el sábado 22 de octubre.