Anécdotas danesas (segunda parte)
“Pues no se puede todo, de mis medicinas siempre hay”.

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Hoy es día de ir a Oncología Médica de Gastroenterología en el primer piso del edificio viejo, es una consulta subsecuente de tumores sólidos G3.
Antes de subir, veo que el pasillo que da a la farmacia está abarrotado y me detengo a contar cuántas personas están haciendo fila. Son 74, y siguen llegando más. Los hay con gruesas bolsas que cargan en la espalda, veo a seis adultos mayores con bastones y dos mujeres embarazadas.
Aquí y allá predominan quienes ostensiblemente carecen de recursos y sus vestimentas se ven muy usadas y hasta raídas. Son raros los que platican entre sí. Debiera haber silencio, pero un murmullo permanente sirve de base a palabras y hasta risas de quienes pasan por el corredor.
Me acerco a una de las dos ventanillas y escucho a la enfermera detrás de la número uno, quien le dice a una señora de aproximadamente 50 años: “Lo siento, pero hoy no nos han surtido la Dronedarona de 400 miligramos; dígale a su médico que le recete un sustituto, por favor”. La señora le responde: “No, no es justo, llevo más de una hora haciendo cola y me sale usted con eso”. Del otro lado de la ventanilla, la enfermera responde amablemente: “La entiendo, pero qué quiere que hagamos, hoy no tengo su medicina, seguramente le podrán dar otra receta…”.
Esta plática que muchos escuchan, dispara comentarios: “El Presidente dice que hay de todo, que no falta nada, que pronto tendremos una súper farmacia con todas las medicinas del mundo”. ¡Ah!, exclama un hombre de overol azul con manchas de pintura en las mangas, “¡Otra mentira más, ya ni la friega cuando no hay ni lo que estamos pidiendo hoy!”.
Alguien de atrás pregunta levantando la voz: “¿Qué, qué? Esas son palabrerías”. “Oiga no”, dice una señora de suéter rojo con franjas verdes, “pues no se puede todo, de mis medicinas siempre hay”. Se levantan los murmullos, hay quienes sonríen sarcásticamente y también hay los que bajan la cabeza y miran al suelo.
Subo al primer piso y me encuentro —como siempre— a decenas de pacientes ocupando las 70 sillas de la sala de espera, los hay recargados en las paredes, otros están en cuclillas, los más de pie y no falta la joven sentada en las rodillas de su madre, tía o hermana. Todos hemos entregado nuestra ficha y esperamos ser llamados por nuestro nombre para llegar a la consulta.
Los de la clasificación G3, debemos pasar antes a que nos tomen los signos vitales: temperatura, presión arterial, peso, estatura, etcétera. Entre las 8 de la mañana y la una de la tarde es el horario pico. Estamos arremolinados, pero pasivos, esperando nuestro turno y, aunque estemos citados a las 10:40 am, sabemos habrá que esperar lo que sea necesario.
¿Será igual que en Dinamarca, donde la totalidad de sus casi 6 millones de habitantes tiene asegurada la atención médica que, según los rankings mundiales, está entre los tres mejores del mundo?
Las enfermeras, doctoras y médicos no son daneses, pero invariablemente tienen un sello de amabilidad envidiable. Sus salarios son muy medianos por no decir bajos, sus prestaciones mínimas y atienden a muchísimos más pacientes de los que pudieran atender.
¿Cómo le hacen, de qué están hechos?