Ahogados entre el oprobio y la vergüenza
Mentimos porque no hay razón para decir la verdad.

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Hubiera querido dedicar esta columna a descifrar por qué un soldado, uno solo ha sido detenido como resultado de las pesquisas sobre la balacera y persecución en la que murió la golfista potosina Lidia Villalba. El asunto es tan absurdo como inverosímil.
Pero imposible apartarme de la aparición de un nutrido grupo de ambientalistas, creadores y artistas que, al presentar un video donde se ve claramente la destrucción de la selva maya, piden y exigen se detengan las obras que se realizan para conducir un tren sobre un piso que guarda corrientes de agua y un laberinto de cenotes.
¿Y cómo dejar de lado la participación de México y Francia en el Comité de Seguridad en la ONU, donde se pide la suspensión inmediata de las matanzas de ucranianos en manos de los rusos, mientras un grupo de diputados manifiestan alegremente su apoyo a Rusia? Justo cuando se cumple un mes de la invasión a Ucrania.
Por supuesto, nuestra propia violencia, la desatada por las narcobandas y los crímenes del pueblo bueno contra sí mismo, enlutan un sinnúmero de hogares todos, absolutamente todos los días.
En México vivimos en un espacio donde nada garantiza la primacía de la verdad sobre la mentira. Mentimos porque no hay razón para decir la verdad. Hemos perdido la noción de los límites entre lo verdadero y lo falso. Formamos una sociedad ruin, propicia para las construcciones autoritarias, donde la distinción entre la realidad y lo falso no existe. La máxima autoridad auspicia dimes y diretes para encubrir los verdaderos problemas que nos aquejan. Enumerarlos es trazar una lista casi infinita.
No sabemos cuánto perdemos diariamente en calidad de vida y en declararnos vencidos cuando estamos convencidos que el mejor camino que podemos tomar es el de la incoherencia y la irresponsabilidad. Nos dejamos seducir por el canto de las ambiciones que nos llevan al desastre y perpetuamos que mientras más cínicos son los demagogos, son mucho más aceptados y alabados.
Veamos con un poco más de detenimiento el cruel asesinato a una mujer en manos de policías, guardas y soldados. Disparar contra alguien desarmado es común en nuestros días. Quien lo hace, sabe que no será castigado ni siquiera obligado a declarar por qué lo hizo. Quien porta un uniforme, se sabe resguardado, ya que su responsabilidad, la propia y única, está en manos de jefes intocables quienes les brindan protección y los alejan de los ciudadanos comunes. El soldado, entrenado para “dialogar” con las armas, no entiende ni quiere entrar al mundo de la palabra y la razón. Vive para no pensar y recibir órdenes. Y bajo ese mismo paraguas protector están los diputados, subrayadamente los oficialistas.
Ajenos al análisis y entrar a los vericuetos de la argumentación, ¿por qué no alabar al ambicioso teniente coronel Putin, quien nutrió su vida con las enseñanzas de Andrópov cuando lo instaló en la policía secreta (KGB) para aprender cómo espiar, torturar y asesinar. ¿Para qué entrar a la complejidad de las relaciones intra rusas y el análisis de conductas como Beria, Stalin y Yeltsin cuando es más simple aplaudirlos y cerrar los ojos?
Es ya una costumbre dudar o francamente marginar y descalificar cualquier opinión independiente como la de quienes consideran que la construcción de un tren de pasajeros y carga, repercutirá con su peso y vibraciones sobre un suelo frágil muy propenso a crear desastres de todo tipo mientras la ecobiología naufraga anticipadamente.
Así nuestra vida, entre el oprobio y la vergüenza.