¿A dónde nos llevaría la contrarreforma energética?
La democracia, cuando lo es, se ve como un asunto de ingeniería: existe un ciclo de acción pública y el ciudadano queda asociado a diversas etapas de ese ciclo, sea como beneficiarios, actores o participantes activos. Hay quien la califica como democracia circular ...

Raúl Cremoux
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La democracia, cuando lo es, se ve como un asunto de ingeniería: existe un ciclo de acción pública y el ciudadano queda asociado a diversas etapas de ese ciclo, sea como beneficiarios, actores o participantes activos. Hay quien la califica como democracia circular (Laurent Davesiez, La République et ses territoires), ya que son los ciudadanos quienes piden, exigen, logran que sus funcionarios les protejan y faciliten la vida como las razones primordiales. Es el fundamento de existencia del gobierno y de la nación.
En la democracia moderna, el epicentro de su ser, consiste en la congruencia entre lo que se promete para obtener votos y cumplir con los compromisos adquiridos en campaña. El sustento radica en que participen la mayoría de los pobladores y expresen sus distintas formas de vida, es decir, en el sustento que da vivir en diversidad con libertad. Mientras más distintos y variados sean los negocios o las empresas, la democracia será más rica y vigorosa. De ahí que el gobierno deba auspiciar, sin personificar, la diversidad de lo que la población necesita y desea.
“Cuando de necesidades básicas se trata, es fundamental que existan opciones variadas y nunca caer en la monopolización de productos y servicios, ya que de hacerlo cualquier gobierno cae en la tentación y el peligro de obstaculizar la democracia circular para originar el caos y la coerción contra los propios ciudadanos”. Si se trata de monopolios privados o estatales, la fuerza de obligatoriedad se puede convertir en un vector contrario a los intereses de los pobladores y con ello, la descomposición social “puede alcanzar profundidades insospechadas”, lo escribe David Djaiz en Slow démocratie (Éditions Points). Esto pareciera dedicado a lo que hoy pasa en el país. En abundancia, escribe lo siguiente en la página 208: “en los países emergentes como la India, Brasil, China o México, los mecanismos de solidaridad territorial son muy débiles y los contrastes espectaculares entre riqueza y pobreza. Insertar monopolios en esas sociedades es literalmente una embestida contra la democracia circular para llegar con rapidez a regímenes autocráticos o francamente iniciar caminos hacia la dictadura”.
Se ha repetido hasta la náusea que no corresponde al gobierno crear, desarrollar o adquirir empresas, ya que ésa no es su tarea. Y el asunto se agrava cuando cruzamos en una actividad que, horizontalmente, toca todos los puntos vitales de una nación. En la actualidad hablar de energía es incidir en la forma de vivir la civilización o fomentar las causales más aciagas para cualquier territorio. El Concilio de Trento proclamó la infalibilidad del Papa, incluida la materia científica. Y con ello afirmó que ahí entre ellos no existía la democracia. ¿Queremos eso?
Veamos sólo estos aspectos de lo que sí queremos: la democracia y la ecología se necesitan una y otra; la salud y la democracia marcan pasos sustantivos en cualquier sociedad; la democracia y la ciencia son inseparables; la democracia y el arte son correspondientes.
La población quiere ver en aquel que gobierna a un promotor de las virtudes de la congruencia, a un abogado de los valores de la nación, de la seguridad, de la inteligencia, de la prudencia, de la serenidad y del sacrificio. Queremos ver a un gobierno lúcido que encarne la unidad nacional, que se nutra de imaginación, fineza y prestigio. Una sociedad democrática y compleja no espera una autoridad cambiante ni caricaturesca. Hoy la voluntad de transparencia es una reivindicación de una sociedad acostumbrada a la turbiedad. Como esto no cambiará, un horizonte caótico asoma entre nosotros.