¡50 mil millones de dólares!
Hace unos cuantos días el Presidente dijo: “México no puede ser un campamento de migrantes”.

Raúl Cremoux
Otros ángulos
Su meta está a cientos y hasta miles de kilómetros más adelante. El camino está cercado por todo tipo de depredadores. Algunos van con toda la familia, otros forman pareja y los menos van solos, pueden ser niños, mujeres embarazadas o ancianos. La brújula lo indica, van del sur en busca del preciado norte.
Son cientos, miles, decenas de miles, forman grupúsculos serpenteantes ante la mirada, casi siempre indiferente, de quienes los ven, y con frecuencia, con desprecio, porque “son otros” que quieren su pan y su trabajo. Vienen de Guatemala, del Salvador, de Nicaragua… épale, de Haití y ésos son de África. No esperaban los cachiporrazos de la Guardia Nacional ni la perrada de la migra mexicana, a la que califican más dura que la gringa.
Saben que pueden caerse del ferrocarril, que hay que cruzar llanos secos, veredas espinosas, al igual que pantanos y brechas con abrojos. Comer lo que se pueda y dormir bajo techo es un lujo que sólo algunos pueden hacerlo. Gastaron todo lo que tenían al pagarles a los polleros y a todos los que estiran la mano. Huelen mal y siempre tienen hambre.
El tráiler desbocado mata a 55 y hiere a 105 que bien pudieron ser mucho más para dar la nota periodista de un día, quizás dos. La verdad es que importan poco. En el país se sufre con la pandemia, no hay trabajo, el campo está seco, las industrias cierran, hay balazos por donde sea, todo está más caro hoy y ayer, que estaba mal, resulta un cálido recuerdo.
¿Por qué están en suelo mexicano, por qué son tratados como delincuentes, por qué sobreviven contra toda esa hilera de extorsiones, por qué si les habían dicho que México era diferente, cálido y deseoso de tenerlos, guardarlos e impulsarlos?
Ahora reclaman, exigen, quieren papeles de identidad, protección, seguridad, comida y techo mientras llegan al añorado suelo de los beneméritos Estados Unidos de Norteamérica, donde alcanzarán lo que les dijeron sería su nuevo y luminoso hogar. ¿Qué pasó con lo que les dijeron?
El 17 de octubre de 2018, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador dijo urbe et orbi: “Vamos a ofrecerles empleo, tendrán visa de trabajo, éste es un país libre y soberano que los acogerá…”.
Y luego una reiteración el 16 de enero de 2020: “tenemos más 4 mil empleos disponibles, albergues, atención médica”.
Y el canto esperanzador inusitadamente cambió el 9 de septiembre de 2021. El presidente López Obrador les dijo: “No es posible permitir el flujo libre de migrantes; esto tiene que ser regulado por el Instituto Nacional de Migración ante el riesgo que corren ante la delincuencia…”.
Y hace unos cuantos días: “México no puede ser un campamento de migrantes”.
Sin decirlo, se exaltó la figura de Trump, quien primero amenazó con aumentar las tarifas arancelarias a los productos mexicanos, más tarde encarecer las comisiones en el cobro de las remesas para financiar el muro y ahora Biden, quien deja correr las prohibiciones y los obstáculos, pues sabe que la verdadera muralla para impedir que los ilegales, nutridos por miles y miles de mexicanos alcancen suelo norteamericano, está a cargo de las Fuerzas Armadas mexicanas.
Aparece la paradoja, este año las remesas de mexicanos en suelo yanqui superarán la increíble suma de más de 50 mil millones de dólares para con ello regalar un enorme tanque de oxígeno a un gobierno que no sabe qué hacer con los migrantes nacionales ni extranjeros.