La impunidad y sus efectos
La más nociva enfermedad que padece México es la corrupción. Este mal suele generar diferentes efectos, entre ellos, el peor: la impunidad. En ocasiones anteriores, en este mismo espacio he referido que el círculo vicioso que genera la impunidad tiene tres efectos ...
La más nociva enfermedad que padece México es la corrupción. Este mal suele generar diferentes efectos, entre ellos, el peor: la impunidad.
En ocasiones anteriores, en este mismo espacio he referido que el círculo vicioso que genera la impunidad tiene tres efectos perniciosos: primero, quien comete un acto ilícito y no recibe el castigo, no duda en repetir su acción; segundo, quienes observan un ilícito no sancionado, tienden a imitar ese hecho, lo que implica su repetición y reproducción; y el tercero —el más grave— consiste en que las víctimas de los ilícitos que observan que sus agravios no son sancionados por la autoridad, recurren a hacerse justicia por propia mano.
En la actualidad observo un cuarto efecto pernicioso: me refiero al fenómeno social que se desarrolla dentro de las comunidades que se benefician de los recursos económicos derivados de la ilegalidad y corrupción, ya no sólo defienden y ocultan a los delincuentes, sino que llegan a considerar como legítimos los métodos de obtención de riqueza.
Y es que cuando los delitos no se combaten, cuando se toman acciones para castigar a quienes han decidido quebrantar la ley y cuando se decomisa la riqueza que se genera como consecuencia de actos ilícitos y delincuenciales, estas actividades antisociales terminan por echar raíces en aquellas sociedades que han decidido hacerlas su forma de vida y financiamiento de su desarrollo.
Ahí están los ejemplos de las comunidades de Sinaloa que encubrieron a El Chapo, las acciones de los pobladores que procuran evitar la captura de los llamados “huachicoleros” o los centenares de personas que acudieron al funeral del presunto líder criminal de Tláhuac conocido como El Ojos, como si se tratase de un héroe.
Se trata de poblaciones dispuestas a salir en defensa de criminales, sin importarles la gravedad de sus acciones delictivas. Miembros de la sociedad convencidos de la generosidad de aquéllos a quienes defienden y de su potestad legítima de poder violar la ley, se trate de robo de combustible, piratería, narcotráfico o la venta de mercancía producto del robo simple, e incluso de peores delitos como secuestros, trata de personas y prostitución.
En la Ciudad de México, las decenas de miles de policías y la importante inversión en herramientas tecnológicas implementadas —tales como las cámaras de seguridad, los botones de pánico, los robots aéreos, entre otras— han funcionado como un fuerte disuasivo para muchas actividades delictivas; pero no está exenta de que existan ciertos efectos como los ya mencionados.
Para nadie es un secreto que en zonas como Tepito, la Lagunilla, la colonia Buenos Aires o los “deshuesaderos” de Iztapalapa —por citar algunos ejemplos— existen diversas actividades delictivas desde hace décadas, donde la impunidad ha sido el pan de cada día.
La sociedad tiene que reconocer el peligro que la impunidad y la tolerancia arrastran. Comprar piratería, artículos de segunda mano robados o drogas ilícitas es abonar el campo para que florezca la delincuencia, que no tiene freno a su codicia y luego arremete hacia el secuestro, trata, robo con violencia, extorsión, etcétera.
En este combate no existen atajos, se requiere del esfuerzo de todos. No podemos hacer de la impunidad y la corrupción un modo de vida.
Como Corolario las palabras del dramaturgo francés Víctor Hugo: “Entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo consiente, hay cierta solidaridad vergonzosa”.
